martes, 11 de marzo de 2014

POR UN PUÑADO DE VOTOS (ANIVERSARIO DEL 11-M)

                        Tras el más que merecido homenaje a las víctimas en los actos de conmemoración al cumplirse el décimo aniversario del atentado terrorista del 11-M, el más repugnante y mezquino de todos los sufridos en España, que no han sido pocos, es inevitable retrotraerse no sólo a aquel fatídico 11 de marzo de 2004, sino también a los indecentes comportamientos de nuestros políticos que, comenzando aquella misma tarde, en días sucesivos, especialmente hasta el día 14, fecha de las elecciones generales, nos ofrecieron las páginas más negras de cómo hacer política con minúsculas, a la que, tantas veces, nos tienen acostumbrados. Los españoles, especialmente los familiares y amigos de las víctimas, conmocionados por la barbarie salvaje de tan cruel matanza, no sólo tuvimos que soportar el inmenso dolor ante tan trágicos acontecimientos, sino además el inmenso asco ante el uso político de los mismos por parte del gobierno y de la oposición, origen, para muchos, del descrédito posterior de la política en España, dando la sensación de que en aquellos días lo que realmente importaba era rebañar unos cuantos votos con todo tipo de estratagemas hacia una ciudadanía conmocionada por el horror. No extraña que ni Aznar ni Zapatero, máximos exponentes entonces del gobierno y la oposición, hayan asistido al funeral de Estado que se ha celebrado; al parecer, ni han sido invitados.
            Si casi tres años antes el trágico atentado del 11-S en EEUU había unido más que nunca a demócratas y republicanos, demostrando al mundo entero cómo han de tratarse en democracia los asuntos de Estado ante amenazas violentas totalitarias, en España el 11-M, salvo en el inmenso dolor causado a los ciudadanos como en EEUU, supuso todo lo contrario. Los populares en el Gobierno y los socialistas en la oposición, junto al resto de la misma, se dedicaron desde el primer instante a la caza del voto que, a todas luces, pasaba, según las circunstancias políticas del momento, por la autoría del atentado. Si era ETA el PP se garantizaba de sobra la mayoría que casi todas las encuestas le daban; si eran los islamistas el PSOE tenía la posibilidad de darle la vuelta a la tortilla. Y por ello, desde el principio, mientras se recogían los cadáveres y los heridos eran trasladados a distintos hospitales, se desencadena una lucha política indecente para hacer valer públicamente una u otra de las versiones. Si el gobierno de Aznar se apresuró en señalar a los etarras, la oposición de Zapatero, nada más conocer los primeros indicios de que podrían ser los islamistas, se apresuró en acusar al gobierno de mentir. Cada quién a lo suyo ante la inminencia de unas elecciones, cuya jornada de reflexión comenzaba, aunque lo menos importante, como ven, era reflexionar.
            Tras aquel rifirrafe público cada vez más intenso entre Gobierno y oposición, se llega inevitablemente a la caótica jornada de reflexión que, con las sedes del PP asediadas por miles de personas, convocadas por las redes sociales no se sabe bien por quién, nos asemejaba a una república bananera. La acusación al Gobierno de mentiroso anuló cualquier versión de éste de haber errado en su apreciación. El resultado electoral es sobradamente conocido, el PSOE, aunque sin mayoría absoluta, gana las elecciones dando paso a la conocida como “era de Zapatero”. Una posterior instrucción para esclarecer los hechos, indudablemente deficiente, llena de especulaciones interesadas por parte de unos y de otros, va dando cuerpo, hasta hoy mismo, a una teoría “conspiranoica” incluso después de la sentencia, cuya “verdad judicial” no satisface a buena parte de la población que exige seguir investigando determinados asuntos, especialmente sobre los autores intelectuales del atentado.
            Es la consecuencia lógica de una mezquindad política manifiesta en la que prevalece el legítimo interés partidario electoral sobre todas las cosas, cuando hay asuntos que permanentemente debieran estar muy por encima de él. Por ello en EEUU se esclarecieron pronto y bien los trágicos sucesos del 11-S, restañando las heridas del dolor compartido por todos, y aquí estamos todavía hurgando en ellas de forma indecente, dividiendo no sólo a la sociedad en su conjunto, sino incluso a las mismísimas víctimas directas, quienes, al parecer, en este décimo aniversario se disponen a iniciar una andadura diferente sobre la versión de los hechos. No hubiera estado de más que algunos, tanto políticos como periodistas, hubiesen entonado ante la opinión pública y ante las víctimas en especial su “mea culpa” por sus inadecuados comportamientos ante hechos tan lamentables. Desgraciadamente algunos han preferido seguir echando leña al fuego, aunque cada vez sean menos. Basta escuchar algunas de las tertulias televisivas emitidas en estos días para constatar el nivel de crispación entre los tertulianos, su ceguera intencionada de los errores de sus respectivos correligionarios y su mezquino interés en hacer prevaler sus intereses partidarios por encima del interés general. Lamentablemente durante estos diez largos años de dolor y angustia, algunos han aprendido bien poco, dando la sensación de que estarían dispuestos a repetir, en circunstancias similares, los mismos errores de antaño simplemente por un puñado de votos.

                                    Fdo. Jorge Cremades Sena

martes, 4 de marzo de 2014

VIENTOS DE GUERRA EN UCRANIA

                        No me equivoqué. Y mira que lo lamento. En un artículo con fecha 26 de enero del presente año, titulado “Ucrania en la encrucijada” (ver Ojo crítico, http://jcremadesena.blogspot.com.es/,), tras una breve reseña histórica y un análisis de los intereses en juego en las entonces revueltas contra el régimen de Yanukovich, expresaba mi preocupación ante un previsible estallido de una guerra civil en Ucrania, así como mi deseo de que tanto Rusia como la UE rebajasen, por mutuo interés y por el bien del pueblo ucraniano, la tensión desbordada tras el pírrico éxito de Putin al conseguir que su aliado rusófilo presidente ucraniano alejase la aspiración de buena parte de los ucraniano de firmar un acuerdo de asociación comercial con la UE, gota que había colmado el vaso para el estallido de las protestas de entonces. Hoy, destituido Yanukóvich por el Parlamento de Ucrania y huido de Kiev, la situación ha empeorado sustancialmente, porque el nuevo gobierno tiene que enfrentarse a los vientos de guerra que soplan con fuerza en Ucrania, alentados por fuerzas extranjeras, que amenazan no sólo la integridad territorial del país sino también la estabilidad y la paz en la vieja Europa.
Se mire como se mire, se analice como se analice, la decisión del Senado ruso de respaldar (por cierto, por unanimidad y con el mejor estilo democrático a la búlgara) el uso del Ejército en Ucrania y, aprovechando la petición de ayuda a Putin por el nuevo líder autonómico de Crimea para restablecer la paz, la posterior ocupación rusa de la península (integrante de la unidad territorial del Estado soberano ucraniano), es una agresión en toda regla a la legalidad internacional establecida. Ni es justificable la petición de intervención que hace el destituido presidente Yanukovich, ni los excesos de unos u otros en las revueltas que finiquitaron su régimen prorruso, ni las raíces rusas de buena parte de la población de Crimea (como sucede en gran parte del territorio oriental ucraniano), ni cualquier otra circunstancia similar para invadir y someter por la fuerza desde el exterior y de forma unilateral a un estado soberano reconocido internacionalmente como tal. Menos aún sin agotar previamente todos los recursos diplomáticos establecidos. Es, como dice al actual gobierno ucraniano una “declaración de guerra” en la que algunos, como el mismísimo jefe de la Armada de Kiev, traicionan a su pueblo y se ponen al servicio del mejor postor, en este caso el invasor ruso. En definitiva, tal como sostiene Rasmussen, Secretario General de la OTAN, “lo que Rusia está haciendo ahora en Ucrania viola los principios de la carta de las Naciones Unidas. Es una amenaza para la paz y la seguridad en Europa”. Justo la paz y seguridad europea que, violada atrozmente en el pasado siglo, especialmente tras la desolación provocada por la segunda de las dos guerras mundiales, se pretendía garantizar en el futuro mediante la citada carta y su posterior desarrollo, en la que, curiosamente, la ciudad ucraniana de Yalta tuvo un especial protagonismo en los posteriores tratados de paz.     
            Basta echar un vistazo al pasado europeo para tener bien presente los riesgos catastróficos de agresiones externas violentas al orden mundial establecido. Hace setenta y cinco años la Alemania de Hitler, con claras pretensiones de anexionarse Checoslovaquia, ocupó previamente su zona fronteriza del norte y oeste, conocida como los Sudetes, pretextando supuestas necesidades de ayuda a las poblaciones germanas que la habitaban, dejando al resto del país incapacitado para resistir la posterior ocupación. Una especie de mal entendido “pacifismo” de las potencias de entonces y, por ende, de la comunidad internacional, apostó por dejar hacer y dejar pasar, mirando hacia otro lado, alentando así al agresor, quien, ante la manifiesta pasividad de los demás, decide reivindicar el derecho a proteger al resto de germanos habitantes de territorios húngaros o polacos. La posterior invasión de Polonia y el inicio de la mayor contienda mundial de la Historia, era previsible ante la laxitud de una comunidad internacional ciega ante las flagrantes agresiones al orden establecido. Y así sucedió.
Es inevitable, salvando todas las distancias, comparar la situación de Crimea con la de los Sudetes y la de toda Ucrania con la antigua Checoslovaquía. Sin entrar en detalles sobre el gran interés económico y estratégico de Rusia por controlar Ucrania (y, especialmente, Crimea), al igual que el de Alemania en su día por Checoslovaquia, un paralelismo que invita a la sospecha, cuando, hasta los argumentos de Putin para invadir militarmente Crimea son bastante similares a los que utilizara Hitler en su día, pues, obviamente, la manifiesta agresión se suele enmascarar en razones que la justifiquen, y la del ruso es bien clara, “ante la amenaza a la vida de ciudadanos rusos”, consiguiendo gran alegría entre la población prorrusa de Ucrania. ¿Quedará inerme Ucrania como le sucedió a Checoslovaquia? No en vano y para afianzar el paralelismo, la reciente reunión de la OTAN ha sido convocada a petición de Polonia, que, como entonces, se considera “amenazada” por una posible intervención militar, en este caso de Rusia en vez de Alemania y en Ucrania en vez de Checoslovaquia.
Esperemos que en esta ocasión la comunidad internacional esté a la altura de las circunstancias, aunque, visto lo visto en otros conflictos locales, tampoco hay que albergar grandes esperanzas. Tiempos difíciles se avecinan si estos vientos de guerra que soplan en Ucrania en vez de amainar se tornan en vientos huracanados.

                                    Fdo. Jorge Cremades Sena 

viernes, 28 de febrero de 2014

TENDENCIA Y REALIDAD

                        Acabado definitivamente el debate sobre el estado de la nación con la aprobación de veintidós resoluciones (las trece del PP y otras nueve pactadas con distintas fuerzas políticas) entre las ciento tres propuestas votadas, conviene hacer una valoración crítica de todo lo acaecido en el desarrollo del mismo que, a mi juicio, es manifiestamente mejorable. Y lo es desde el momento en que Rajoy, para justificar la validez de su política económica, decide analizar retrospectivamente la realidad española para avalar, comparando los datos actuales con los de hace un año, el cambio de tendencia producido, especialmente en muchas variables macroeconómicas, que permiten albergar una cierta esperanza en el futuro, mientras que la oposición, comenzando por Rubalcaba y acabando con los de menor representatividad parlamentaria, decide apostar por la imagen fija de la todavía deplorable realidad actual para adjudicar al Gobierno toda la responsabilidad de la misma, eludiendo la propia y omitiendo cualquier propuesta alternativa de mejora.
            Con tales mimbres se elabora el cesto de un debate inocuo que, a lo sumo, sólo es útil para dar cierta satisfacción a las clientelas ideológicas de unos y otros, cuando el objetivo debiera ser un análisis profundo de la realidad pasada y presente en base a la tendencia positiva o negativa de cara al futuro que se esté dando como consecuencia de las políticas concretas que al efecto se vienen practicando. Es la única forma de seguir apoyando y mejorando aquellas que se consideren positivas, así como de rechazar y ofrecer nuevas alternativas a aquellas que se consideren negativas para obtener los objetivos deseados. Es la esencia de un debate en serio sobre la realidad actual, sus causas y las recetas para mejorarla, frente, como es el caso, a una sucesión de monólogos electoralistas que, ni siquiera tratan de la misma temática. Mientras el Gobierno se refiere al dinamismo variable de la tendencia, la oposición lo hace sobre la foto fija y estática en blanco y negro de una realidad dramática sin duda surgida por generación espontánea, dándose al final una especie de diálogo de sordos con la única finalidad de la autocomplacencia.
            Tan verdad es, por ejemplo, que hace un año seguía creciendo el paro, como que hoy se ha detenido la hemorragia aunque sea tímidamente; que hay más de cinco millones de parados, como que tres millones y medio de ellos perdieran el empleo durante el gobierno de ZP; que hace un año se estaba en recesión, como que hoy se está ante un tímido crecimiento; que se estaba al borde de un rescate generalizado al estilo de Grecia, como que hoy se está fuera de duda de que ello vaya a suceder… y así sucesivamente en toda una serie de variables que evidencian un cambio real de tendencia positiva, pero a la vez, que la realidad actual sigue siendo dramática para la inmensa mayoría de los trabajadores. Minimizar o maximizar cualquiera de las dos verdades por separado con intención de obtener rédito político partidista es una manifiesta irresponsabilidad en un debate sobre el estado de la nación y las posibles medidas a tomar para mejorarlo en el futuro. Sólo sabiendo y asumiendo globalmente dónde estábamos hace un año, de dónde veníamos, qué políticas nos condujeron a aquella situación catastrófica, qué cambios concretos se han producido desde entonces y qué políticas se han aplicado para conseguirlos, se puede mejorar la situación actual que es lo que, en definitiva, esperan los españoles. Y nada de eso se ha hecho en el debate.
            Rajoy, aunque adjudicándole el éxito al sacrificio de todos los españoles, se quedó en el relato de los positivos cambios de tendencia, olvidando que la realidad social en España sigue siendo dramática y generando una sensación de optimismo inapropiado. Rubalcaba, se quedó en la descripción de los sufrimientos de la gente, culpando al presidente de los mismos y olvidando la insostenibilidad manifiesta del ficticio estado del bienestar que dejó en herencia el gobierno socialista. El resto de portavoces de la oposición, coincidiendo con Rubalcaba en adjudicar todos los males a la política del gobierno de Rajoy y en la ausencia de ofrecer propuestas alternativas para mejorarlas, se quedaron en el discurso mitinero ideologizado, añadiéndole en su caso el tema de política sectorial que les caracteriza. El anuncio por parte de Rajoy de algunas medidas para incentivar el empleo y de algunas reformas pendientes, indiscutidas por la oposición, completan el debate sin debatir absolutamente nada.
            Instalado cada cual en su particular mundo de intereses políticos partidistas se olvidaron del interés general que debiera regir su toma de decisiones. Tal vez por ello la pregunta de Rubalcaba “¿En qué país vive, presidente?” quedó sin respuesta cuando lo previsible era contestar algo así como “en un país al borde de la quiebra que nos dejó un gobierno en el que usted era ministro importante que necesita ahora el concurso de todos para sacarlo del atolladero”.  Obviamente es público y notorio que no todos están por la labor.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

martes, 25 de febrero de 2014

ENTRE EL ESPERPENTO Y LA FARSA

                        Si no fuera por el inmenso daño que demasiados episodios relacionados con el nacionalismo independentista, encuadrados entre el esperpento y la farsa, causan al conjunto de España y de los españoles, tanto a nivel interno como exterior, cabría tomarse a chirigota los comportamientos, declaraciones y actitudes de determinados personajes públicos. Pero, rozando el ridículo a veces, mintiendo casi siempre, deformando la realidad con frecuencia y aparentando lo que no se es cuando interesa sólo se busca la desestabilización territorial del Estado español mediante la puesta en práctica de un cerrilismo político, con claros matices totalitarios, que ni respeta la legalidad democrática vigente, ni las instituciones, ni las competencias de las mismas, poniendo en grave riesgo el futuro del Estado, al que culpabilizan de todos los males, su credibilidad internacional y la convivencia en paz de todos sus ciudadanos. Un desafío violento en toda regla que germina, no sólo gracias a sus promotores, sino además a una especie de papanatismo político de quienes a estas alturas siguen creyendo aún que existen los gnomos, bien de buena voluntad, bien por intereses erróneos inducidos que, al final, se vuelven contra ellos directamente.
            Sólo así se explica, entre otros, la esperpéntica farsa de la entrega de armas por parte de ETA, escenificada con video incluido ante unos “verificadores”, no legitimados por nadie con capacidad para hacerlo, para que, al final, verifiquen que los etarras encapuchados, tras mostrar una ínfima parte de su importante arsenal, ni siquiera hacen entrega de la misma sino que lo meten en una caja de cartón y se lo llevan tras la grabación del video. Menos mal que, según los “verificadores”, ETA, antes de quedarse con la muestra, les ha garantizado que la dejan “fuera de uso” y los verificadores lo creen. Esa es la verdadera verificación. Así hasta el siguiente capítulo de este “desarme” por entregas, que se venderá internacionalmente como muy positivo, pues, aunque no hayan entregado ni una de las tres pistolas mostradas en el video, los “verificadores” pontifican: “confiamos que es un paso creíble y significativo” del tan manido proceso de paz donde ni siquiera hay guerra alguna. Imaginen el éxtasis de algunos si a ETA en la próxima entrega se le ocurriera entregar simplemente cien gramos de los escasos kilos de explosivo que mostraron (el fusil y las dos granadas que completaban el arsenal que iban a entregar ya sería el colmo de los colmos del citado éxtasis). Seguramente por ello, el mismísimo Urkullu ha recibido a tan insignes verificadores a sueldo con todos los honores, tanto en Madrid como en Bilbao; no en vano, se sienten legitimados, aunque nadie les legitime, porque, según ellos, cuentan con “el apoyo de la sociedad vasca y del lehendakari” (de la sociedad española y del presidente de gobierno, importa un pito), mientras que el PSOE evita valorar su labor y el PSE elogia el prestigio de los mismos. ¿Un nuevo PSC respecto al PSOE en Euskadi? Ya veremos. Al final, todo se andará.
            Y sólo así se explica el esperpento farsante de la inauguración de la mayor feria de tecnología móvil, celebrada en Barcelona, convertida en escaparate absurdo y grotesco del engaño y la agresividad grosera del soberanismo catalán, para asombro de todas las delegaciones internacionales y los 120 invitados asistentes a la cena inaugural, presidida por Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias y de Gerona. Como ya es habitual, Artur Mas, desde el discurso de bienvenida, muestra su desafío a España y su cinismo político, “Bienvenidos a la capital de una vieja nación europea” han sido sus primeras palabras. Ha tenido que ser el Príncipe quien, con un discurso en inglés (lengua oficial del evento) pero con breves mensajes “en nuestras lenguas propias, el español y el catalán”, ha tenido que aclarar quién es el anfitrión del evento con un “Bienvenidos a España”, prosiguiendo con mensajes integradores, al afirmar que el congreso tecnológico “llena de orgullo a las Administraciones implicadas y es también una buena prueba de los excelentes resultados de la mejor colaboración institucional”. Seguramente, algunos asistentes, estarán investigando aún esa “vieja nación europea” inexistente, para encuadrarla en el contexto histórico adecuado, sin comprender el desencuentro presente entre las instituciones españolas. Y, por si fuera poco, en el pertinente comité de bienvenida, un impresentable empresario catalán, de cuyo nombre ni quiero acordarme, mezclado adecuadamente en primera fila entre altos funcionarios de la Generalitat, cuando el Príncipe le tiende la mano, como es preceptivo, aunque sólo sea por educación protocolaria entre los destinados a participar en el pasamanos, el grosero personaje no sólo le niega la mano sino que además, con la mayor de las sinvergonzonerías y la más grosera mala educación, le dice en catalán “no te doy la mano porque no nos dejas hacer la consulta. Te la daré cuando nos dejes votar” ante la cínica sonrisa de Mas, Felip Puig y Trías, quienes nada hacen, sino todo lo contrario, por mostrarse ajenos y contrariados a tamaña irresponsabilidad, dando efusivamente la mano al sujeto, que inmediatamente corre a la prensa digital para hacer declaraciones sobre su hazaña grosera y maleducada. Seguramente, como Mas y sus colegas, desconoce que Felipe, al igual que Rajoy, no tiene la capacidad de decidir si los catalanes votan o no. Otra cuestión es que desde su mentalidad totalitaria así lo crean. Es lo que sucede cuando se confunde el deseo con la realidad. Al fin y al cabo, todo forma parte del esperpento y la farsa de la que viven semejantes personajes.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

jueves, 20 de febrero de 2014

INMIGRACIÓN, SOS

                        A día de hoy, nadie, en su sano juicio, puede negar que las migraciones han dejado de ser un  elemento dinamizador del desarrollo social para convertirse en un grave problema de difícil solución. Ni se trata de un fenómeno novedoso, es casi tan antiguo como el hombre, ni, en términos generales, obedece a causas nuevas. Como siempre las migraciones o son de carácter voluntario (afán de aventuras, conocer nuevas tierras y gentes…), que no generan problema alguno, o de carácter forzoso, bien por causas naturales (catástrofes, sequías, hambrunas…), bien por causas sociales (persecuciones, guerras, discriminaciones, pobreza…), que, en los últimos tiempos, especialmente estas últimas, han eclipsado todas las previsiones con un constante flujo humano mastodóntico desde un subdesarrollado sur, que les mata de hambre y miseria, hacia un desarrollado norte, que les acoge para explotarlos en tiempos de bonanza y les rechaza en tiempos de penuria, condenándolos, en el mejor de los casos, a engrosar las cada vez mayores bolsas de pobreza coexistentes con el desarrollo, convertidas en miserables paraísos para quienes proceden del maldito infierno de la inhumanidad extrema del sur.
            Esta avalancha sin precedentes y en un mundo económicamente globalizado se convierte en un gigantesco problema global que no se puede resolver sólo con las viejas recetas en el lugar de destino como es el cierre de fronteras para impedir la avalancha que, en definitiva y en el mejor de los casos, sólo consigue alejar el problema pero no erradicarlo. Por tanto, se requiere también actuar en los lugares de origen para erradicar o al menos suavizar las causas que provocan éxodos masivos de sus respectivas poblaciones. Sólo así la migración, temporal o definitiva, recupera su sentido dinamizador de desarrollo humano recíproco, tanto para el territorio emigrante, que se beneficia de los recursos de su población emigrada, como del territorio inmigrante, que se beneficia del potencial humano necesario de la población inmigrada para explotar eficazmente sus recursos. Sólo así la migración deja de ser un trauma generador de desequilibrios económicos, conflictos raciales, ghetos y totalitarismos políticos. Un problema de todos, que, entre todos, tenemos que resolver. Por ello es deplorable la estrechez de miras con que se afronta cada episodio conflictivo, concreto y puntual, como está sucediendo con los incidentes de Ceuta en los que, desgraciadamente, murieron ahogados quince de los inmigrantes que pretendían alcanzar la costa española con la intención de quedarse en Europa.
            Que unos 20.000 inmigrantes hayan fallecido en los últimos quince años intentando cruzar de África a Europa a través del Mediterráneo, que hace menos de seis meses 400 inmigrantes perecieran en Lampedusa, que hace unos días murieran en la frontera de Ceuta los antes citados, que días después más de un centenar consiguieran entrar en Melilla o que unos 40.000 estén esperando desde Marruecos el momento oportuno para dar el salto definitivo a Europa a través de la única frontera terrestre que la separa de África, debiera hacernos reflexionar sobre las dimensiones y gravedad del asunto que estamos tratando. Un problema social, económico, ético y humano que trasciende las recetas teóricas de tipo ideológico o religioso y requiere con toda crudeza soluciones prácticas, medidas claras, precisas y objetivas que, despojadas de demagogia, sean capaces de dar respuesta equilibrada a una cuestión indiscutible: ni Europa, en este caso, puede abrir las puertas a una inmigración infinita, ni, para impedirlo, puede utilizar métodos tan inhumanos como los que han sometido a millones de personas a la más abominable e hipócrita de las condenas como es dejarlos morir de hambre.
            Por todo ello, convertir el trágico episodio de Ceuta, como cualquier otro por el estilo, y al margen de una necesaria investigación serena y eficaz para depurar supuestas responsabilidades si fuesen procedentes, en un irresponsable e hipócrita debate público entre gobierno y oposición con claro objetivo electoral, merece el rechazo más contundente por parte de cualquier persona mínimamente interesada en que se coja de una vez por todas el toro por los cuernos y se discuta sobre la problemática global de la inmigración, sus verdaderas causas y las medidas concretas a tomar para reducir al menos sus efectos nocivos. Eclipsar el verdadero debate, el que interesa de cara a zanjar el problema, con debates parciales sobre supuestas actuaciones improcedentes por parte de la policía o guardia civil, que pueden y deben aflorarse simplemente con una exhaustiva investigación, supone pasar de forma descarada de una de las mayores tragedias que padece hoy la Humanidad.
Una tragedia, dura y cruel, que requiere de un consenso amplio entre gobierno y oposición a la hora de aportar medidas eficaces y a la de exigir las responsabilidades  pertinentes a todos los afectados, aunque sólo sea para optimizar los mecanismos más sencillos, los que sólo pretenden alejar el problema en vez de intentar solucionarlo, que como mínimo requiere, como decía Rajoy hace unos meses, que “el control de fronteras exteriores de la UE es un esfuerzo que debe ser compartido por el conjunto de la Unión, Estados miembros, instituciones y agencias” y, por tanto, “la Unión debe facilitar apoyo político, operativo, financiero a aquellos países que constituimos su frontera exterior, y que más presiones y responsabilidades asumimos en beneficio del interés común”. Lamentablemente en España no estamos por la labor, ni siquiera la de ponernos de acuerdo en cómo han de controlarse las fronteras, aunque, en cada momento, cada gobierno, al margen de su ideología, la controle de idéntica forma y, recíprocamente, cada oposición la critique con idénticos argumentos y descalificaciones. En tales condiciones el grave problema migratorio va para largo, por lo visto, importa bien poco solucionarlo. 


                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

jueves, 13 de febrero de 2014

TORMENTA POLÍTICA EN NAVARRA

                        Ha bastado que una ex directora gerente de Hacienda Tributaria en Navarra acuse en sede parlamentaria autonómica a la Vicepresidenta y Consejera de Economía y Hacienda, Lourdes Goicoechea, de solicitarle cierta información sobre determinados contribuyentes, supuestamente para favorecerles fiscalmente, para desencadenar una gigantesca tormenta política en Navarra que, por sus peculiares connotaciones, trasciende ampliamente el ámbito autonómico. La atomización del Parlamento Navarro no ha sido obstáculo para perfilar un consenso, sin el PP, de toda la oposición para poner una moción de censura al gobierno de UPN presidido por Yolanda Barcina, que sería la segunda de la legislatura al haber fracasado la anterior gracias a la abstención de los socialistas en aquel momento. Pero en esta ocasión el PSN, sorprendentemente, se suma a la iniciativa al extremo de dar un “ultimátum” a Barcina, no para que depure posibles responsabilidades en el seno de su gobierno, sino para que “ipso facto” dimita ella misma y convoque elecciones anticipadas, en caso de que una comisión parlamentaria “ad hoc” descubra en quince días la veracidad de los hechos denunciados.  
            El principal problema de la moción de censura, que al ser obligadamente constructiva requiere de un programa y un candidato a presidir el gobierno navarro, estriba en que para que prospere necesita el concurso del controvertido Bildu, además de otra serie de partidos con escasa representatividad, en cuyo programa está el objetivo de anexionar Navarra al País Vasco y el de un radicalismo independentista peligroso. Ni siquiera la promesa del secretario general del PSN, Roberto Jiménez, en el sentido de que no gobernaría con Bildu, sino que su hipotético gobierno sería “de gestión, de transición” con el objetivo de convocar elecciones anticipadas inmediatamente, ha evitado la tormenta política, dentro y fuera de Navarra, y dentro y fuera del PSOE. No en vano el recuerdo desgraciado del deplorable y nefasto “tripartito” catalán que, al final, propició la ruina del PSC y la gloria de ERC, con todo tipo de repercusiones negativas posteriores para el PSOE, pesa demasiado como para no temer una segunda versión en el País Vasco y Navarra, incluso con peores consecuencias.
            Y es que, lamentablemente, el PSOE pone un circo y le crecen los enanos. Si no tuviera bastante con el PSC, ahora el PSN, con tan inoportuna iniciativa, le complica aún más la situación, cargando de argumentos al PP y a otros contrincantes políticos para desenmascarar sus incoherencias y la inconsistencia de su programa como alternativa de poder en España. Por ello, ante las exigencias del PP a Rubalcaba para que ponga orden en su partido, Elena Valenciano se apresura en desmentir que el PSN “vaya a ir con Bildu ni a la vuelta de la esquina y menos a una aventura política”, dejando en manos de la comisión parlamentaria el futuro del asunto y la suerte de Barcina, que, según ella debiera dimitir ante su difícil situación. Pero, incomprensiblemente, su compañero Madina, uno de los que suenan para sustituir a Rubalcaba (quien, hasta ahora, no dice ni pío sobre el asunto navarro), manifiesta que Navarra merece “más respeto, un tiempo nuevo y en clave distinta”, que, según UPN, sólo se puede entender como un tiempo de la mano de Bildu. Y Jiménez, por si no fuera suficiente, contesta a Valenciano que “en Navarra el partido soy yo”; más o menos como, en su día, Montilla en el PSC. En fin, de entrada, ya le han preparado a Elena Valenciano la campaña de las europeas.
            Burda excusa descarada, según el PP y UPN, la razón esgrimida para presentar la moción de censura se cae por su propio peso. ¡Ojala fuera la erradicación de la corrupción la verdadera razón de un PSOE renovado! Pero se contradice con su actitud en Andalucía en cuya Junta su actual Vicepresidente, Valderas, está siendo investigado por orden de la jueza Alaya, en relación con la trama de los ERE fraudulentos, sin que el PSA le pida que dimita y, mucho menos, que dimita Susana Díaz, la presidenta, o que simplemente lo cese. No es creíble, lamentablemente, que por una denuncia en sede parlamentaria, que no en un juzgado ni ordenado por un juez, contra la Vicepresidenta navarra, Goicoechea, el PSN no se conforme ni siquiera con pedir su dimisión (que ni siquiera exige a Valderas en Andalucía), sino que exija la dimisión de la presidenta Barcina y la convocatoria anticipada de elecciones. Una hipócrita vara de medir diferente que, como en otros muchos asuntos, desacredita el loable objetivo que argumenta, dando alas y argumentos a sus contrincantes políticos para, frente a sus propias miserias, hacer prevaler ante la opinión pública que no se entiende muy bien “a qué está jugando el PSOE”, provocando en los ciudadanos una desconfianza que le impide sistemáticamente remontar las expectativas de voto respecto al PP, sobre todo si, como es el caso, hasta se puede intuir que, incluso desconociendo exactamente el juego, pudiera tratarse hasta de un juego bastante peligroso. Y bastantes peligros nos acechan como para, con semejantes frivolidades o errores garrafales, acrecentarlos o generar otros nuevos totalmente evitables.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

domingo, 9 de febrero de 2014

DECLARÓ LA INFANTA, Y AHORA QUÉ

                        Durante más de seis horas ha comparecido la Infanta Cristina ante el juez Castro como imputada en el Caso Noos, uno más de los cientos de casos de corrupción que están en lista de espera en un país de mangantes experimentados. Y, consumada la expectante comparecencia, hay que preguntarse ¿y ahora, qué? Pues bien, ahora, a esperar que el juzgado de Palma resuelva al respecto y aclare el grado de implicación de Cristina en los hechos supuestamente delictivos que se le imputan que, para algunos, como para el propio fiscal del caso, no se sabe bien cuáles son (su pregunta directa a la imputada es elocuente: “¿Sabe qué delito fiscal le imputan?”, “No”, es la respuesta, concluyendo el fiscal “Yo, tampoco”), mientras que para otros, incluidos los exhibidores de banderas republicanas en la entrada de los juzgados, son todos los habidos y por haber (entre ellos, el más grave de todos: ser Infanta en un Estado Monárquico que, con toda legitimidad, detestan).  
            Y con toda legitimidad cabe todo tipo de críticas a la actuación de la Infanta y su marido, a la del juez y el fiscal (especialmente por sus mutuas descalificaciones), a la de los técnicos de Hacienda, a la de gobernantes locales o autonómicos y, en definitiva, a las de cualquier otro sujeto, institución o circunstancia que concurra en el caso y en su evolución. Pero no cabe (ni antes, ni ahora, ni después) confundir a la opinión pública, como algunos pretenden, con la mezquina intencionalidad de dañar a las instituciones democráticas (en este caso el modelo de Jefatura del Estado) en vez del loable propósito de descubrir la verdad en un supuesto caso concreto de corrupción para que los culpables, como en el resto de casos, paguen por ello una vez demostrada su culpabilidad. La torticera vinculación del caso, incluso si se demostrase la culpabilidad de la Infanta, a la Monarquía y su sustitución por la República como solución del problema, es tan absurdo como vincular la corrupción de un gobernante o dirigente partidario a la institución que gobierna o partido que dirige, al extremo de proponer como solución la eliminación de los mismos  y no la condena concreta del protagonista, incluso con la pertinente inhabilitación temporal o definitiva de sus responsabilidades, justo para reforzar la institución o partido constituido. Esto es lo que la gente bienintencionada espera.
            Sin embargo, antes, ahora y, supongo, después, la manipulación mediática y política, no exenta de intereses espurios, pretende arrimar el ascua a su sardina prostituyendo, con mentiras y verdades a medias, un proceso judicial más que, como todos en los que sus protagonistas son personas relevantes, es susceptible de todo tipo de tópicos al uso, al extremo de convertirlo en un espectáculo impresentable de polémicas absurdas. Ríos de tinta para especular sobre lo divino y lo humano acerca de si se conseguiría imputar a la Infanta y hacerla comparecer en el juzgado, así como, en caso positivo, la forma de acudir al mismo, con exigencia de un trato idéntico al del resto de los mortales cuando todos sabemos el desigual estatus de unos u otros en asuntos judiciales, comenzando por la capacidad de contratación de la defensa, entre otros asuntos, y terminando por el desigual impacto social de los imputados, susceptible o no de medidas singulares por razones de seguridad o de otro tipo. Acusar de privilegios específicos a la hija del rey decisiones judiciales que se aplican a otros famosos es de una hipocresía intolerable, salvo que genéricamente se diga que, en términos prácticos, la justicia no es igual para todos. Algo que todos sabemos.
            Pero además de hipócrita es incoherente que, practicada la comparecencia, al no obtenerse las respuestas inculpatorias deseadas por algunos, se exijan otras más convincentes cuando la propia legalidad ampara al imputado para mentir como estrategia de defensa, no le obliga a declarar contra su cónyuge y no es delito saber si éste delinquía. Salvo que se demuestre fehacientemente la comisión de un delito por parte de la Infanta es penalmente inocente aunque supiera que su marido si lo ha cometido, entretanto es un esperpento el debate desencadenado sobre si la Infanta se hace la tonta o no cuando su respuestas más generalizadas a las preguntas del juez son “No sé, no me acuerdo, no me consta” o “Yo confiaba en mi marido”. Guste o no guste, es lo que hay y la Infanta, como cualquier otra persona, tiene derecho a defenderse según lo establecido.
            Ahora, la cuestión importante es si, visto lo visto, la decisión final del juez, sea cual fuere, acabará con el esperpéntico espectáculo de la desinformación. Me temo que no. Quienes, más interesados en la demagogia que en la verdad, ponen sus bastardos intereses por encima de los intereses generales, seguirán insistiendo en que se trata de injusto trato de favor a la Infanta, si la decisión fuese exculpatoria, o de injusta caza de brujas, si fuese condenatoria. Convertido interesadamente el “caso Noos” en un proceso a la Monarquía lo que menos importa es quiénes y cómo pagan a la sociedad los responsables de los daños causados, que es lo que espera la mayoría; lo importante es el dualismo maniqueo Monarquía/ República que, a falta de argumentos más racionales para posicionarse en cualquiera de los bandos, recurre a tales artimañas para conseguir adeptos, en vez de aprovechar la ocasión para, en todo caso, modificar una legalidad que contempla lagunas de desigualdad intolerables, pero no sólo para la Infanta, ni por la razón de serlo.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena