viernes, 14 de enero de 2011

LEY ANTITABACO, DEMAGÓGICO CONTRASENTIDO


LEY ANTITABACO, DEMAGÓGICO CONTRASENTIDO
            Vaya por delante que el tabaco “perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor”, lo que hace necesario, como mínimo, proteger a los no fumadores y no someterles a ser “fumadores pasivos”, cuando, obligatoria o voluntariamente, comparten un espacio cerrado con los fumadores. El sentido común nos dice por tanto que hay que legislar para evitar que haya espacios compartidos por ambos grupos –si lo que se pretende es proteger la salud de los no fumadores- o prohibir la venta y consumo del tabaco –si lo que se pretende es proteger la salud de todos-. Ya la ley anterior optó por lo primero y, con más o menos acierto, prohibió fumar en los lugares públicos de obligada asistencia (hospitales, centros educativos, de trabajo, etc) y obligó a los de asistencia voluntaria de más de cien metros cuadrados (restaurantes, bares y demás recintos de ocio) a crear zonas separadas para fumadores y no fumadores, lo que supuso, en este caso, grandes inversiones para adecuar los citados locales. Dicha ley, al aceptar como legal la práctica de fumar, delimitaba con buen criterio dichos espacios y respetaba la lógica libertad individual de fumadores y no fumadores; los primeros no someten a los segundos a respirar el humo de su tabaco (no fumando en los lugares y zonas prohibidas) y éstos mantienen la libertad de asistir y disfrutar de locales de ocio –igual que los fumadores- con la garantía de no tener que compartir un espacio con humo (salvo que voluntariamente así lo quieran). Dicha ley no menoscababa la libertad de nadie, simplemente prohibía fumar en los lugares de obligada convivencia y cuando voluntariamente iba a la zona de no fumadores -prohibición lógica, sensata y comprensible-, dejando a los fumadores espacios correspondientes para hacer uso de una práctica legal sin alterar para nada su vida. No obstante la ley tenía una grave laguna ya que los locales de ocio con superficie reducida, que son la mayoría y especialmente bares, al no poder dividirse, quedaron como zonas habilitadas para fumar, dejando pocos espacios a los no fumadores para disfrutar de ellos sin humo. Precisamente por ello dicha ley no tuvo el resultado esperado, lo que justifica que el gobierno decida hacer una nueva regulación sobre el uso del tabaco, bien con una nueva ley, bien mejorando la anterior. Así, se abre de nuevo la posibilidad de asumir con valentía y trasparencia el reto de proteger a toda la población, haciendo una ley nueva que ilegalice el tabaco y, por lo tanto, prohíba su venta y aísle su consumo al estricto ámbito privado –como se hace con otras drogas-, o también se abre la posibilidad de mantener sólo la protección de los no fumadores, regulando su venta y lugares de consumo.
Pues bien, el gobierno opta de nuevo por proteger sólo a los no fumadores, ya que no ilegaliza el tabaco, pero, en vez de hacer una ley reguladora, hace una ley prohibitiva en la práctica para las personas que legalmente quieren seguir fumando al permitirles hacerlo sólo en el ámbito privado o en plena calle con determinadas restricciones. ¿Acaso no es idéntica en la práctica a la normativa vigente sobre el consumo de otras sustancias prohibidas? Un contrasentido legal que, por un lado es extremadamente restrictivo, y, por otro, habilita miles de puestos nuevos de venta para facilitar su adquisición y, por tanto, su consumo. ¿Por qué no ha ilegalizado el tabaco, prohibiendo su venta, en vez de habilitar miles de lugares más para venderlo y facilitar su consumo, mientras elimina los lugares donde hacerlo? Inexplicable, la única explicación posible es perder la recaudación de los miles de millones que los impuestos del tabaco aportan a las arcas del estado. Esa parece ser la verdadera razón y no la del interés general en pro de la mejora de la salud pública, argumento que esgrime el gobierno demagógicamente para defender su contradictoria ley y, así las cosas, lo más razonable sería dar un paso más y aplicar dicha ley a esas otras sustancias, cuyos consumidores, ahora ilegales, quedan en idénticas condiciones de consumo que los fumadores legales pero sin que el estado se beneficie de ningún tipo recaudatorio.
Para proteger la salud de los no fumadores hubiera bastado con modificar la ley anterior en el sentido de que los locales de pequeña superficie optaran por ser de fumadores o no fumadores, o, simplemente, declarando a todos ellos “de no fumadores” con lo que, al menos, los fumadores podrían hacerlo en los que tienen zona habilitada, como exigía la anterior ley. También es demagógico descartar esto porque obligaría a los trabajadores a inhalar el humo ya que en otros muchos trabajos poco saludables (minería, centrales nucleares, etc), se resuelve con un plus por actividad peligrosa. Cualquier persona, fumador o no fumador –salvo los grupos radicales antitabaco- sabe que se puede proteger a los no fumadores sin eliminar ninguna libertad individual innecesariamente, como es el caso. Así lo hacen muchos países que tienen leyes al respecto y normativas de protección de la salud pública de sus ciudadanos más ambiciosas incluso que las nuestras; pero nosotros, una vez más, nos empeñamos en destacar por ser pionero de lo pintoresco, en definitiva, más papistas que el Papa, y así nos va. Es a lo que ya nos tiene acostumbrados este gobierno en otros muchos casos.
            Para colmo, es curioso que la ley derogada siga siendo válida sólo en cárceles, psiquiátricos y residencias de ancianos. ¿Por qué allí sí se protege a los no fumadores con las zonas habilitadas para fumar? ¿Por qué allí sí se respeta la libertad individual de los fumadores y en los demás lugares de España no? Ya no sólo es inexplicable, sino paranoico. Puede dar lugar a pensar que la población carcelaria, demente y anciana queda fuera de la protección de la salud pública o, viceversa, que es susceptible de mayores cotas de libertad que el resto de los mortales. Según se mire, habrá que valorar muy seriamente los inconvenientes y ventajas que tendremos si nos convertimos en delincuentes o enloquecemos mientras vamos envejeciendo. Ya ven, un ejercicio surrealista.
                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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