lunes, 13 de junio de 2011

REVUELO MEDIÁTICO POSTELECTORAL

            Como es lógico, tras unas elecciones –locales, autonómicas o generales- se suele producir una cierta sobredosis mediática, tanto en el ámbito informativo como en el analítico y de opinión. Sin embargo, tras las elecciones del 22-M, probablemente por las circunstancias que han rodeado la campaña y su resultado final, se está produciendo un verdadero revuelo mediático, sobre todo en medios audiovisuales, que cualquier persona, medianamente interesada en informarse, puede comprobar sintonizando las diferentes emisoras de radio o cadenas de televisión, tanto las públicas, controladas, según los ámbitos, por el partido gobernante en el correspondiente territorio, como las privadas, controladas en cada caso por el grupo empresarial afín al partido político que, supuestamente, mejor garantiza sus intereses económicos. El formato más habitual suele ser el debate, más o menos interesante según la cualificación de los tertulianos invitados junto a aquellos otros de piñón fijo –los propagandistas- que siempre ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. En principio, nada que objetar a esta forma de que radio-oyentes y televidentes, tengan la posibilidad de formarse una opinión política cada vez más libre, siempre que sintonicen emisoras o cadenas de distinto signo, sin seguir las consignas de quienes, interesadamente, inducen a que sólo lo hagan a alguna determinada, la suya, con afán meramente proselitista.
            Todos estos debates políticos radiados o televisados, mezclados o no con otros de chismorreo, sólo pretenden, con más o menos descaro, la atracción de la audiencia a la causa política que defiende la emisora o cadena en que se emiten. En todas, los debates se desarrollan de forma subjetiva con apariencia de objetividad, lo que obliga a sintonizar unas y otras si no se quiere tener una visión sesgada de los acontecimientos políticos más relevantes. La parcialidad comienza con la selección de los propios acontecimientos a debatir y la frecuencia con que se emiten –algunos importantes simplemente ni se tratan-, y continúa con un modelo de debate conducido por un presentador-moderador sectario que, a su antojo, concede o quita la palabra a los distintos tertulianos, permite que todos hablen a la vez si interesa interrumpir al interviniente de turno e incluso él mismo interviene directamente cuando, a pesar de lo anterior, algún tertuliano minoritario de opinión no conveniente para la causa, se está llevando el gato al agua con su intervención. Son debates al rojo vivo, sin tertulianos moderados que sustituyan el sentido común por la fe militante, en los que dos posturas antagónicas, en blanco y negro, se enfrentan, sin matices, como si los grises no existieran. Si en dichos debates se añade una mayoría de intervinientes afines a la opción política del grupo mediático emisor, el éxito de su opción queda más que garantizado desde el principio. Si los entornos políticos socialistas y populares –los demás, salvo algunos nacionalistas, carecen del control de dichos medios públicos o privados- se encargan respectivamente de difundir el mensaje de que sintonizar unos u otros es cosa de fachas o de rojos peligrosos, garantizan, si muchas gentes siguen dicho criterio, una visión sesgada de la realidad a grandes sectores de población. Alguna vez, habría que investigar el impacto electoral que este sesgo sectario mediático aporta a los mapas políticos resultantes, ya que seguro que supera el de los mítines de cualquier campaña electoral. En este sentido, los detractores del bipartidismo, los indignados del 15-M, llevan razón al decir: “medios de comunicación, manipulación”.  
            Los medios de comunicación, especialmente los audiovisuales -debido a que por desgracia la gente lee muy poco-, son responsables de dibujar una España en dos colores. Al margen de sus diferentes objetivos –entretenimiento, culturales, etc-, que cada cual programa con mayor o menor acierto, debieran ser mucho más cuidadosos en los estrictamente informativos o de opinión, en los que, por el bien de toda la ciudadanía, se requiere una mayor objetividad y una menor manipulación, ya que, en caso contrario, su papel se reduce, como es el caso, a ser correas de trasmisión de los partidos políticos. No es razonable que, al igual que hacen éstos, los medios de comunicación concluyan, entre otras cosas y según el caso, por ejemplo, que el causante de todos los males es la crisis económica o Zapatero; que el paradigma de la corrupción es Valencia o Andalucía; que Rajoy es un títere de Camps o Zapatero de Rubalcaba, vaya usted a saber por qué perversas razones; que Rajoy no hace nada o que Zapatero lo hace todo mal; que lo mejor es agotar la legislatura o adelantar las elecciones generales; que, en caso contrario, lo correcto es que Zapatero se someta a una moción de censura o que Rajoy le someta a una moción de confianza… Una serie de conclusiones que ocultan un trasfondo más complejo, admisible, en todo caso, en el mensaje de los partidos políticos por su afán de reforzar sus posiciones, pero inadmisible en medios de comunicación que no debieran fomentar estas distorsiones de la realidad al resto de la ciudadanía. Una ciudadanía bien informada es la base para elevar la calidad de la democracia.
                                    Fdo. Jorge Cremades Sena 

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