miércoles, 27 de febrero de 2013

DEBATE DE LOS DISLATES


                        El debate sobre el (mal) Estado de la Nación que, más que nunca, requería altas dosis de responsabilidad por parte de sus protagonistas para consensuar una serie de medidas imprescindibles para sacar a España del oscuro túnel de la crisis global que padece, se ha convertido en el debate de los dislates. Son tantos los errores cometidos durante su desarrollo que Rajoy, presidente de un gobierno tan criticado por la opinión pública, no ha tenido grandes dificultades para salir relativamente victorioso (tal como afirman todos los diarios) frente a una oposición que, anclada en el slogan mitinero, ha desperdiciado la gran ocasión de, al menos, consolidarse como una alternativa creíble que genere esperanza de futuro. Pero, siendo esto muy grave, las cosas pueden empeorar si, al final, sólo se trata de una victoria pírrica de Rajoy y la trágica realidad hace insostenible la sólida estabilidad conseguida en las urnas. La solución de los graves problemas, entre ellos los que han protagonizado el debate –la crisis económica, la corrupción y el soberanismo-, exige altura de miras, grandes consensos y no victorias episódicas de unos u otros.   
            Cuando Rajoy pone como principal objetivo la reducción del paro, que sigue creciendo, y señala los ajustes macroeconómicos como requisito previo para cambiar la tendencia, es un error, salvo que se esté en desacuerdo con el planteamiento, no reconocerle las mejoras obtenidas en dichos ajustes. Más aún si se hace en el primer debate de la legislatura, pues el recurso fácil de imputar al gobierno en exclusiva la dramática situación permite recurrir a la reciente herencia recibida, secuestrando, en definitiva, el verdadero debate y debilitando la solidez de las posibles medidas para mejorar la situación. Hace un año estábamos muertos, ahora estamos en la UCI, y, hace un año, yo era la oposición. Deme tiempo, la legislatura acaba de empezar y cuento con amplia mayoría. Es el resumen de lo que Rajoy contesta a Rubalcaba y al resto de portavoces. Yo, al menos, intento paliar el problema de los deshaucios; usted, no hizo nada al respecto. Y así sucesivamente. Rubalcaba al final ha de reconocer y lamentar la cruel realidad. La victoria de Rajoy, pírrica al menos, está servida. El descrédito de Rubalcaba, también. De la mayoría del resto de portavoces, mejor ni hablar. Las utopías, cuando no se pueden pagar las facturas y los acreedores exigen el pago, sirven de poco. Es la consecuencia lógica de no estar a la altura de las circunstancias.  
            Cuando Rajoy señala una serie de medidas anticorrupción y, frente a lo que percibe la inmensa mayoría de ciudadanos, no reconoce a España como un país corrupto, eludiendo nombrar, como todos los dirigentes políticos, los casos de corrupción propios, como es el caso Bárcenas, salvo que se esté limpio de polvo y paja, sólo cabe apoyar sin reparos dichas medidas, aportar otras nuevas si se tienen y reconocer y hacer reconocer al contrario el “mea culpa” en la parte que toque a cada cual por no haber hecho nada al respecto anteriormente. Es la única forma de hacer creíble que, por fin, todos están dispuestos a acabar con la corrupción en vez de utilizarla de forma maniquea como arma política arrojadiza según les conviene. El reciente escándalo del espionaje así lo avala, pues el chantaje es la mejor forma de ocultar la corrupción, pero no de eliminarla.
            Cuando Rajoy ofrece el diálogo como método de tratar cualquier asunto, incluido el soberanismo, pero siempre que se ajuste a la legalidad, no caben medias tintas. Es tan obvio que no admite discusión. Plantear en el debate el modelo territorial que tenga cada cual ni es el lugar, ni es el momento, ni conduce a nada. Es, simplemente, ganas de marear la perdiz. Y es precisamente el incumplimiento de la legalidad vigente, en estos y en los demás asuntos, la causa principal de la tragedia, sin precedentes, que estamos padeciendo. Seguramente cumpliendo y haciendo cumplir la legalidad evitaría en gran medida la necesidad de cambiar muchos asuntos que hoy no funcionan.
            Tal elenco de dislates ha permitido que Rajoy, inesperadamente por la que le está cayendo, saliera airoso sin ofrecer “nada de brotes verdes, ni nubes pasajeras, ni anticipos primaverales”, simplemente describiendo la cruda realidad heredada, que, según él, justifica sus incumplimientos electorales momentáneamente para poner las bases que permitan cumplirlos al final de legislatura; anunciando una serie de medidas concretas indiscutibles frente a la ausencia de propuestas viables de sus oponentes; y, ofreciendo diálogo y discusión para mejorarlas, sin olvidar obviamente la mayoría parlamentaria que le respalda. ¿Acaso no era el momento de recoger el guante por parte de la oposición con propuestas alternativas o complementarias? Ni una cosa, ni otra. Se opta por la irresponsabilidad de intentar deteriorar aún más al deteriorado gobierno mediante juicios de intenciones e imputaciones de intereses ocultos, mientras la ciudadanía espera el esfuerzo común en la búsqueda de soluciones. Lamentablemente la oposición, sabiendo que, como bien dice Rubalcaba, “un gobierno no puede estar pendiente de que una mañana Bárcenas sufra un ataque de sinceridad”, no ha entendido que, en caso de darse dicho ataque, es el pueblo quien no puede estar pendiente de que el gobierno siguiente siga estando pendiente de que cientos de “Bárcenas”, que los hay de todos los colores, puedan sufrir idénticos ataques de sinceridad. Se perdió la oportunidad de una victoria de la Política, con mayúsculas. Es lo que el pueblo necesitaba.
                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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