miércoles, 6 de marzo de 2013

ITALIA, UN EJEMPLO A RECHAZAR


                        Las elecciones en Italia, que consolidan un escenario ingobernable para los italianos y un horizonte preocupante para los europeos, debe servir de ejemplo a los españoles para corregir una serie de errores que, salvando las distancias, tiene bastante similitud con los que condujeron a Italia a tan indeseable situación. No en vano el panorama político español actual es bastante equiparable al que tenía Italia hace dos décadas, cuando un proceso judicial, conocido como “Manos Limpìas”, descubre una amplia red de corrupción en el seno de los principales partidos políticos tradicionales y en diversos grupos empresariales, que, en definitiva, concluye con la desaparición de dichos partidos y la aparición de otros a imagen y semejanza de liderazgos populistas. Desde entonces la inestabilidad política y el populismo han sido los protagonistas. Con una sucesión de gobiernos de coalición, basados en el interés particular de los líderes partidarios coaligados, y, muy especialmente, del todopoderoso Silvio Berlusconi, Italia no ha vuelto a la normalidad política tradicional. Y éste es el riesgo que se corre en España si, de una vez por todas, los partidos políticos son incapaces, como sucedió en Italia, de ganarse de nuevo la confianza de los ciudadanos, perdida por el irresponsable proceder de sus cúpulas dirigentes y la apatía de sus militantes. Si, en su día, Manos Limpias intentó acabar con la corrupción política imperante, en vez de hacerlo los propios partidos políticos, no es descabellado pensar que en España, con más de trescientos casos de corrupción política en curso, puede suceder lo propio. En Italia, de aquellos polvos vienen estos lodos; en España, de estos polvos, ya veremos.
            En Italia, como sucede hoy en España, a inicios de la década de los noventa se hace necesario impulsar reformas institucionales ante una serie de críticas al sistema político italiano que, “in crescendo”, habían aparecido pocos años antes. La situación era preocupante: los partidos tradicionales, desacreditados; el déficit público, elevado; las finanzas del gobierno, en crisis; y el gasto público, reducido, entre otras variables por el estilo. El descontento social se agrava cuando en 1992 se pone al descubierto la amplia red de corrupción político-empresarial que afecta a los principales partidos. Aparecen “salvapatrias” que ponen en cuestión la continuidad del sistema, desafiándolo desde frentes muy diversos (desde protestas de naturaleza territorial a movimientos pro referéndums) con el concurso de sectores judiciales y medios de comunicación. Al final, de forma precipitada, sólo hacen reformas electorales, a todas luces insuficientes. Pero el problema era mucho más profundo y en las elecciones de 1994 se confirma lo peor: la desaparición de los partidos clásicos, que no su regeneración, y el vertiginoso ascenso de opciones populistas, especialmente Forza Italia de Berlusconi, cuyo único mérito consistía en no estar acusados de corrupción, obviamente al no tener anteriormente responsabilidades de gobierno. Se inicia así el periodo berlusconiano, cuyo líder, a base de coaliciones y rupturas con otros partidos, por intereses particulares y no por homogeneidad ideológica, protagoniza la antipolítica en Italia hasta nuestros días. Ni socialistas, eurocomunistas o democratacristianos, que habían pilotado la política italiana desde la postguerra mundial, han tenido nada que hacer desde entonces. La ciudadanía italiana queda huérfana ideológicamente. Es lo que sucede cuando los acontecimientos desbordan a la miopía política. Para los españoles, un aviso a navegantes.
             Si una sociedad pierde sus referentes ideológicos es muy difícil recuperarlos. No es pues descabellado el resultado de estas últimas elecciones en Italia. Los mismos que hace quince meses celebraban la renuncia de Berlusconi (procesado por varias causas y escándalos a pesar del blindaje legal diseñado por él mismo y con Italia al borde de la bancarrota) al grito de “payaso” y “aleluya”, ahora votan su nueva alianza derechista al extremo de impedir la gobernabilidad por parte de la otra alianza centroizquierdista de Bersani, la más votada, y de hundir al tecnócrata Monti, valedor de las políticas de la UE. Además, un nuevo fenómeno antisistema, Beppe Grillo, acapara el descontento social. Es el antipartido por excelencia. Su programa, ninguno. Su proyecto, cero. Su objetivo, atraer buena parte del descontento social generalizado. Y así se convierte en árbitro de la difícil situación, para afirmar que no formará gobierno con ninguna de las dos coaliciones. Su éxito electoral se basa en la promesa de iniciar una “guerra de generaciones”, para atraer el voto joven, y en el insulto a la clase política de forma generalizada (él no se considera como tal), para atraer el voto protesta, ya que “todos ellos son unos perdedores que han estado aquí unos 25 o 30 años y que condujeron a este país a una catástrofe”. Puede que en algunas cosas no le falte razón, pero, en todo caso, sólo plantea el problema sin aportar su posible solución que es lo esencialmente importante.
            Ni Bersani, con mayoría de diputados, ni Berlusconi, con mayoría de senadores, pueden gobernar en solitario. Ni siquiera con el apoyo de Monti. Por su parte, Grillo les da a “los viejos partidos seis meses…y todo se va a acabar” pues “ya no podrán seguir pagando las jubilaciones ni los salarios de los empleados públicos”. Es curioso que a sus 64 años de edad considere “viejos partidos” a los surgidos hace dos décadas y prehistóricos a los tradicionales, que, con aciertos y errores, eran verdaderos partidos políticos. Sin proyecto concreto viable, sin ideología determinada y sin partidos políticos la supuesta “democracia directa” del Movimiento 5 Estrellas de Grillo, diseñado en internet y bien vendido como producto comercial, se muestra eficaz para erosionar la tradicional “democracia representativa”, aunque no dice qué haría para seguir pagando las jubilaciones y los salarios públicos si los italianos le hubiesen encomendado el gobierno. Destruir sistemas sin alternativas viables conduce directamente al caos.
En España el caldo de cultivo para desarrollar “Berlusconis” y “Grillos” está servido. Es un poderoso veneno contra la democracia y el caso italiano puede servirnos para encontrar el antídoto. Esperemos encontrarlo antes de que sea demasiado tarde.
                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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