lunes, 24 de junio de 2013

QUE QUEDE CONSTANCIA, CATALONIA IS NOT SPAIN

                        En inglés, como debe ser. Descartado el catalán por ser una lengua minoritaria en el contexto internacional, desechado el español por ser la lengua opresora del imperialismo dictatorial, y reservado el francés estrictamente para el diálogo bilateral franco-catalán de la negociación sobre la futura defensa por parte del ejército francés de una Cataluña independiente sin ejército, es el inglés, sin lugar a dudas, la mejor opción para que al mundo entero le quede constancia de que Cataluña no es España. Al efecto, como viene siendo habitual en otros eventos deportivos, en la reciente celebración del Gran Premio de Cataluña de motociclismo, que ha supuesto un éxito aplastante de los pilotos españoles (tres victorias de tres posibles y ocho podios de nueve posibles), una enorme pancarta en la tribuna principal del circuito de Montmeló anunciaba a los miles de asistentes y a los millones de televidentes que “Catalonia is not Spain” y no precisamente para aclararles que, evidentemente no lo es, sino que sólo es una parte importante de ella que, como tal, contribuye al evento con algunos pilotos de indudable calidad, que, nacidos en Cataluña, pretenden conseguir un rotundo éxito para el motociclismo español. Al contrario, por si a alguien le quedaba alguna duda, conseguido el rotundo éxito, que, en honor de los vencedores, requiere emitir el himno de su país en el acto de entrega de trofeos y, por tanto, en este caso el de España, los silbidos y pitos de algunos descerebrados, perfectamente organizados, han puesto la nota discordante a una sinfonía perfecta, merecedora del reconocimiento respetuoso y el aplauso generalizado, que hubiesen brindado por unanimidad si los triunfadores hubiesen sido de cualquier otro país y, por lo tanto, el himno hubiese sido cualquier otro distinto del español. Es el enésimo esperpento bochornoso puesto en escena por los políticos independentistas catalanes que, utilizando el deporte como plataforma reivindicativa de sus delirantes elucubraciones mentales, provocan el desconcierto generalizado del común de los mortales en la propia Cataluña, en el resto de España y en cualquier otro país medianamente civilizado.
             En ningún otro país se dan semejantes comportamientos durante los actos de celebración de los éxitos nacionales en eventos deportivos importantes. En cualquiera de ellos a nadie, salvo a algún loco suelto –seguramente aquí hay muchos y además están organizados-, se le ocurriría perturbar las consecuentes manifestaciones de alegría colectiva nacional con silbidos, pitos o abucheos. Sólo aquí suceden estas cosas y de forma reiterada, al extremo de que, como dice Pedrosa, destacado piloto español y catalán, ya se trata de “un clásico” en Cataluña sin que suponga ninguna novedad. Cierto, los silbidos del público español al himno español ya se ven como algo normal en Cataluña. No extraña que, ante semejantes esquizofrenias, el piloto español y mallorquín Jorge Lorenzo, uno de los grandes triunfadores en Montmeló, al preguntarle su opinión al respecto, eluda valorarlo con un “yo no me meto en política”. Si en otros muchos países, donde ha ganado, el público asistente le ha reconocido su triunfo con absoluto respeto y en silencio mientras sonaba el himno español en su honor, es paranoico que sea precisamente en su país donde no se le rinda con todos los honores establecidos el merecido homenaje por su hazaña deportiva- ¿Qué himno tenía que sonar en honor del triunfo de Lorenzo? Quién sabe. Si hace bien poco algunos medios independentistas catalanes definían como “una final catalana” la final de Roland Garros de tenis entre el mallorquín Nadal y el alicantino Ferrer, ambos españoles pero ninguno de Cataluña, habría que recurrir directamente al surrealismo para obtener la respuesta. Por cierto, en París sonó el himno español, mientras Nadal, el vencedor, sin escuchar silbidos ni abucheos, lloraba emocionado al escucharlo. Francia no tuvo necesidad de anunciar con una pancarta en inglés que no es España, pues las obviedades no precisan aclaración alguna; las entelequias, sí. Por eso, hasta las “finales catalanas”, fuera de nuestro país, se desarrollan con absoluta normalidad y aquí no.
            Es kafkiano que la entelequia surrealista del independentismo catalán, no sólo prostituya los hechos históricos para autosugestionarse y autoafirmarse sino que además intente prostituir el presente negando evidencias que, al menos en el ámbito deportivo, son indiscutibles, aunque las minoritarias élites independentistas se empeñen en lo contrario. La explosión de alegría popular en las calles de todas las ciudades y pueblos de España, incluidos los catalanes, tras los triunfos de la selección española de futbol, plagada de jugadores del Barça, algunos de ellos catalanes, contrasta con la surrealista actitud de los gobernantes de turno en Cataluña, resistiéndose a instalar pantallas públicas para ver la final del Mundial contra Holanda o, directamente, negándose a instalarlas en la final de la Eurocopa contra Italia. Y así, tantos y tantos ejemplos. Pero, ni las maniobras políticas, preparando el ambiente con abundantes banderas catalanas (incluida la estelada) y con total ausencia de las españolas, ni con absurdas y permanentes declaraciones antiespañolas, los dirigentes independentistas consiguen sofocar el sentimiento de orgullo colectivo cuando “la roja” arrasa (como acaba de hacer la Sub-21) o cuando triunfa Nadal, Alonso, Lorenzo…o cualquier otro de los nuestros, es decir, cualquier otro español, al margen de su patria chica. Aunque, desatados los demonios nacionalistas, sus correrías hacia el independentismo son inescrutables y sus métodos imprevisibles, como le sucedió a Arthur Mas al ser silbado de forma ostensible mientras entregaba la copa a Jorge Lorenzo. Todo lo demás estaba previsto en Montmeló. Todo, salvo la pitada al Presidente, seguramente porque los asistentes no entendían qué hacía un presidente autonómico español entregando los trofeos si “Catalonia is not Spain” o, en caso contrario, cómo consentía, siendo la primera autoridad española en Cataluña, entregar los trofeos bajo la pancarta sin el más mínimo gesto de disconformidad, sino todo lo contrario. ¡A saber pues quiénes le pitaron! ¡A saber por qué lo hicieron! En el surrealismo político caben diversas explicaciones, pero la de soplar y sorber al mismo tiempo tiene difícil encaje. ¿O no, señor Mas?

                                    Fdo. Jorge Cremades Sena

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