miércoles, 30 de diciembre de 2015

PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA



                        Nadie puede poner en duda que la democracia tiene bastante relación con las matemáticas, pues, al fin y al cabo, la suma de votos directos o la suma de escaños entre las distintas opciones políticas es lo que decide o debe decidir la gobernabilidad de un Estado. Pero tampoco se debe poner en duda que el ejercicio democrático consiste o debe de consistir en el gobierno de las mayorías y el respeto a las minorías. Lo contrario, es decir que gobiernen las minorías y no se respete a las mayorías, supone irremediablemente una perversión democrática, un grave fraude democrático a los ciudadanos de consecuencias imprevisibles y, en todo caso, indeseables. Por tanto el objetivo fundamental de las elecciones siempre es o debe ser la búsqueda de esa mayoría política que garantice la gobernabilidad y la estabilidad de los ciudadanos que conforman un país. Y cuando ello no sucede, bien porque directamente así lo deciden los votos (ausencias de mayorías absolutas), bien porque indirectamente los representantes políticos elegidos no pueden o no quieren conformar esa mayoría suficiente, lo correcto es, guste o no guste (convenga o no convenga), convocar nuevas elecciones para que los ciudadanos, a la vista de los resultados electorales anteriores, decidan conformar una nueva mayoría sólida y solvente. Y que cada cual apechugue con sus responsabilidades. Así es el juego democrático, en el que además hay que tener en cuenta que la suma parlamentaria no es ni debe ser una operación mecánica con sumandos heterogéneos, que la propia matemática impide (tres manzanas y dos tigres no suman cinco, por ejemplo, y, en todo caso, cinco qué); y menos si se trata de sumar escaños surgidos de proyectos diametralmente opuestos, no ya en el plano programático coyuntural, sino incluso antagónicos desde el punto de vista ideológico del sistema democrático, como pueden ser proyectos totalitarios y antisistema, cuya finalidad no es aplicar su inexistente proyecto democrático sino eliminar el propio sistema, que sólo utilizan como mecanismo útil a sus intereses, para sustituirlo por su peculiar modelo, distinto al modelo democrático occidental. Por tanto en un Parlamento democrático, además de los términos genéricos izquierda/derecha, progresista/conservador, perfectamente homologables en términos democráticos del sistema para establecer posibles aritméticas parlamentarias que conformen mayorías gubernamentales, hay que considerar las opciones que, al margen de su indefinición o su adscripción a dicha terminología, son contrarios al propio sistema y, por tanto, descartables como sumandos para la gobernabilidad y la estabilidad del país.
            Pero, incomprensiblemente, hoy no se tiene en cuenta dichos principios básicos para conformar una mayoría parlamentaria tras la fragmentación del Congreso de los Diputados, lo que, además de la inestabilidad gubernamental, puede traer graves consecuencias sociales, políticas y económicas. Para justificar semejante irresponsabilidad no se puede afirmar frívolamente que los españoles eligieron un gobierno de izquierdas progresista, cuando el partido más votado es de derechas conservador, el segundo de centro izquierda progresista y el cuarto de centro, conformando la inmensa mayoría de la Cámara, salvo que se considere que Podemos, la tercera fuerza, y el conjunto de sus marcas, son homologables a pesar de sus proclamas, más o menos suavizadas por conveniencia, contrarias a nuestro sistema democrático, al que llaman Régimen del 78, y su pretensión de iniciar un nuevo proyecto constituyente que liquide la actual Constitución; y salvo que se añada además como homologables con la izquierda y el progreso, al variopinto y multicolor mundo del nacionalismo, hoy antidemocrático independentismo, que engloba desde opciones radicales y antisistema de izquierdas a opciones conservadoras de derechas, cuyo número de votos suman un ínfimo porcentaje aunque en escaños sean bastantes más por el absurdo beneficio electoral que, como opciones territoriales se les tiene reconocido.
            El pueblo español ha elegido lo que ha elegido e interpretarlo a conveniencia propia es en definitiva un fraude electoral. Tan sencillo como que ha elegido que tres fuerzas indiscutiblemente integradas en el sistema democrático, que no en el “Régimen del 78”, como son PP, PSOE y Ciudadanos, al margen de alguna otra fuerza menor, tengan en conjunto una amplia mayoría de votos para garantizar la gobernabilidad y estabilidad del Estado en términos democráticos, frente a una variopinta minoría de opciones, la mayoría de ellas de dudosa garantía democrática. Son pues el PP, PSOE y Ciudadanos los principales responsables del futuro inmediato al margen de los legítimos intereses partidarios o problemas internos que cada uno tenga, que deben relegarse a un segundo término por el bien de todos los españoles. Y, en definitiva, sólo caben dos opciones: o entre los tres configuran fórmulas de gobernabilidad y estabilidad, o se convocan nuevas elecciones generales y que cada uno de ellos apechugue con su responsabilidad. Al final, como en otros muchos asuntos, va a tener razón Alfonso Guerra cuando, días antes de las elecciones, afirmaba “habrá nostalgia de ese diabólico bipartidismo”; esperemos que, al menos, sólo quede en nostalgia y no en lamentaciones.
                            Fdo. Jorge Cremades Sena

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