jueves, 17 de febrero de 2011

VIOLENCIA JUVENIL. . .SUMA Y SIGUE

Coincidiendo con las comparecencias en sede judicial del asesino confeso de Marta del Castillo y sus supuestos cómplices con motivo del pertinente juicio, un nuevo asesinato conmociona a la opinión pública; un eslabón más en la dramática cadena de la violencia instalada en nuestra sociedad. Una lacra social que, en sus diversas facetas, va dejando un reguero de muerte y sufrimiento sin que, al parecer, la ciudadanía pueda hacer nada para evitarla o, al menos, reducirla. Ahora es María Esther, con apenas catorce años, hace dos lo fue Marta, algo mayor; ahora en un pequeño pueblo malagueño, Arriate, entonces en una gran ciudad, Sevilla; ahora y entonces, los presuntos asesinos son jóvenes del círculo de amigos de las víctimas, miembros de sus respectivas pandillas. Circunstancias que, al margen del escenario, confluyen en lo que hemos dado en llamar “violencia juvenil”, la más preocupante de todas, ya que atenta directamente contra el futuro, y la más inexplicable, ya que a tan tempranas edades se supone que a la vida no le dio tiempo para llenar sus corazones de odios y rencores. Sobre todo si, como dice el propio alcalde, el presunto asesino pertenece a una familia “muy trabajadora y muy luchadora” y los vecinos añaden que “es un chico normal y de una familia normal”, lo que le aleja de otras tipologías más previsibles, como en el aberrante caso de Sandra Palo en que sus asesinos ya acumulaban más de setecientas denuncias por diversos delitos. Salvo que hayamos perdido el concepto de normalidad -lo que, tal como están las cosas, no es nada descabellado-, ni puede ser normal un chico capaz de cometer semejantes atrocidades, ni que delincuentes reincidentes campen a sus anchas antes de cometerlas y, algunos, poco después. Enderezar lo primero tiene que ver bastante con la educación; lo segundo, con la justicia. Dos ámbitos sensibles que requieren una profunda transformación mediante un amplio consenso político, despojado de demagogia, que sea capaz de sacarlos de los vaivenes electoralistas.
Precisamente, coincidiendo con estos últimos sucesos luctuosos, varios informes sitúan casi a la cola de los países desarrollados el nivel educativo de los jóvenes españoles, poniéndolos a la cabeza del abandono prematuro del sistema educativo. Una preocupante realidad que, sin necesidad de pormenorizar aquí los porcentajes de fracaso, vivimos a diario los que nos dedicamos a la enseñanza, impotentes para reconducir la situación de forma eficaz. Nada puede hacerse ante un absentismo muy elevado, cuyo control por parte del profesorado no acarrea ninguna sanción eficiente para el absentista o sus padres; nada, ante actitudes chulescas e incívicas de muchos alumnos, cuyos padres, advertidos de las mismas, consideran normales o manifiestan su impotencia para corregirlas; nada, ante actos violentos entre los alumnos y, a veces, hacia algún profesor, cuya sanción, en el mejor de los casos, consiste en trasladar al alumno al IES vecino; nada, en definitiva, ante insultos y vejaciones sexistas, xenófobas o de cualquier otra índole. . .Conductas protagonizadas, desde muy temprana edad, por chicos y chicas, considerados normales, quienes, con frecuencia, ya desobedecen constantemente a sus propios padres y les amenazan con irse de casa o denunciarlos ante cualquier método coercitivo que intenten utilizar para corregir sus conductas, considerando que ello les hace insoportables sus cortas vidas. Es la consecuencia directa de un sistema perverso que pretende educar desde la libertad y no para la libertad, despojando a los que tienen la responsabilidad de impartirla –padres y profesores- de cualquier mecanismo de autoridad que les obligue a asumir pautas de conducta basadas en el esfuerzo, el respeto y la tolerancia.
Fracasados en su primera experiencia responsable, su formación, y habituados a la irresponsabilidad sin pautas de conducta arraigadas, se convierten en víctimas de un círculo vicioso que les aboca al desempleo o, en el mejor de los casos, a un trabajo anodino que, según sus vivencias de estudiantes fracasados, les exige mucho más de lo que les compensa. Pronto entienden que es posible mantener su irresponsable experiencia educativa como modelo vital ya que, como entonces, ahora es casi gratuito saltarse la norma; delinquir les sale muy barato. Así lo perciben entre sus círculos de amistades o a través de determinados programas televisivos en los que, muchas veces, delincuentes y protagonistas de conductas indeseables aparecen como modelos de éxito. Sin ningún freno a sus instintos primarios y sin ningún proyecto atractivo de futuro, en definitiva, maleducados desde su más temprana edad, son incapaces de respetar cualquier norma o principio de autoridad, palabra maldita en nuestra sociedad, que percibe, como es el caso, semejantes conductas como normales. Lamentablemente muchos de estos chicos “normales” convierten sus propios hogares en un verdadero infierno de convivencia familiar sin que la sociedad haga nada por atajar un maltrato “in crescendo” de semejantes sujetos hacia sus propios padres. ¡Qué esperamos que hagan en sus demás entornos! Lamentablemente, de vez en cuando, se les va la mano en la dosis de violencia que suelen utilizar en sus cotidianas conductas, manifestando entonces una frialdad, que da pavor, y una carencia absoluta de arrepentimiento o sentimiento de culpabilidad. ¿Acaso alguna vez les culpamos de algo? Es el resultado final de un modelo que nosotros mismos estamos creando y que consideramos normal. Un modelo que aboca a nuestra sociedad a un tenebroso futuro si no ponemos remedio lo antes posible. Sandra, Marta y María Esther, entre otras, no lo vivirán, chicos normales segaron sus vidas cuando empezaban a vivirlas.
                           
                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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