lunes, 2 de enero de 2012

AÑO NUEVO, DECEPCIÓN NUEVA


Es innegable que el gobierno de Rajoy ha decidido coger el toro por los cuernos. En su segunda reunión del Consejo de Ministros, aún en periodo de nombramientos ministeriales de segundo escalón, sin escatimar la información sobre la nefasta herencia recibida, ha tomado una serie de medidas de choque que, aún siendo esperadas, han caído como un jarro de agua helada a la inmensa mayoría de los españoles, que, en definitiva, somos quienes vamos a pagar la factura, teniendo en cuenta que, tal como se ha anunciado, este paquete de recortes sólo representa una mínima parte de todo lo que queda por hacer en un futuro inmediato. No obstante, tamaña celeridad y contundencia, jamás practicada por ningún otro gobierno precedente, aporta aspectos positivo ya que la primera condición para un futuro crecimiento es diagnosticar crudamente la realidad, por muy dura que sea, y poner seriedad y orden en la economía para mejorarla, consiguiendo además una mejora de imagen de España en el exterior al evidenciar que su gobierno es capaz de afrontar el problema de cumplir sus compromisos, ganando así credibilidad ante la UE y ante países terceros. En el fondo nadie se ha sorprendido de la confirmación de los peores augurios sobre el déficit en 2011, pues ya estábamos acostumbrados al desacierto crónico del gobierno de ZP en todas sus previsiones económicas, aunque, en esta ocasión, al estar tan cerca el traspaso de poderes, algunos tuvieran la esperanza de que los datos aportados al nuevo gobierno, el 6%, se acercara a la verdad. Craso error, es el 8%. Este es el verdadero jarro de agua fría, teniendo en cuenta que el máximo de déficit del euro está en el 3% y el compromiso para llegar a él es situarlo en el 4´4% en 2012. La broma supone que el ajuste pasa de unos 16.500 millones de euros a unos 40.000, salvo que, como en época de ZP, se opte por incumplir los compromisos y seguir por la senda del caos. Por tanto también es bueno que la España real coincida con la España oficial, lo que, desgraciadamente, no se ha hecho desde que ZP decidiera derogar la Ley de Estabilidad Presupuestaria que, a la postre, ha supuesto una especie de barra libre en el gasto público. Que las CCAA, de cualquier color político, sean las principales causantes de tan nefasto desequilibrio –que ha llegado a ser hasta del 11%- sólo pone en evidencia la necesidad de poner orden en un despilfarro que, en definitiva, hemos de pagar todos los españoles.
            Pero, dicho lo anterior y sin entrar en un pormenorizado análisis de cada una de las medidas adoptadas, Rajoy se estrena decepcionando a los españoles en un tema de vital importancia, la credibilidad. Si, frente a Rubalcaba, una de sus promesas electorales fue no subir los impuestos, hacer lo contrario ya en su primera decisión importante crea una sombra de duda sobre su coherencia a la hora de cumplir el resto de objetivos de su programa de gobierno. Máxime cuando subir los impuestos sobre las rentas del trabajo, por muy progresiva y temporal que sea, afecta negativamente a la actividad económica (menor poder adquisitivo, menor capacidad productiva) que, al menos en el corto plazo, augura un incremento del desempleo, el principal problema y la principal preocupación de los ciudadanos. Si el gobierno anterior se caracterizó por hacer lo contrario de lo que prometía, rectificando permanentemente y arruinando así su credibilidad, lo peor que puede suceder ahora es que el nuevo gobierno siga por dichos derroteros. No basta con ganarse la credibilidad exterior, especialmente de la UE, demostrándole que va en serio lo de rebajar el déficit para poder exigirle las correspondientes contrapartidas en una política europea viable (eurobonos, bajada del precio del dinero, etc) que ayude a salir del atasco; es incluso más importante ganarse la credibilidad interior y, para ello, la peor fórmula es incumplir lo prometido a quienes, en definitiva, tienen la capacidad de apoyarle o rechazarle.
            Los ciudadanos, no por masoquismo sino por realismo, podemos aceptar este primer paquete de medidas, calificadas como extraordinarias y temporales, que afectan a todos menos a jubilados, parados y especuladores, aunque los más afectados, como siempre, sean las clases medias trabajadoras y, especialmente, los funcionarios. No obstante, podemos entender que, como medida de choque, el gobierno haya optado por lo fácil a la espera de las necesarias reformas estructurales que requieren, por su mayor complejidad, más tiempo de maduración. Incluso podemos sentirnos satisfechos de que por fin un gobierno se disponga a gobernar sin ocultar permanentemente la situación y sin que su norma de conducta sea la rectificación o la falsa previsión intencionada o por incapacidad. Es más, como a cualquier otro gobierno anterior, hay que concederle los ya clásicos cien días de cortesía. Pero es un mal presagio que, en su estreno, ya cometa dos incumplimientos electorales importantes, la citada subida de impuestos y la no reforma de la ley antitabaco. Una decepción, sin lugar a dudas, que ensombrece las expectativas de quienes, hartos de tanta incoherencia, apostaron por una nueva forma de gobernar, creyendo que, en esta ocasión, lo prometido era deuda. Se puede estar dispuestos a apretarse el cinturon, a hacer los sacrificios que sean necesarios, pero, bajo ningún concepto, se debe seguir soportando las mentiras o falsas promesas de nuestros gobernantes. Ya hemos soportado bastantes.
Fdo. Jorge Cremades Sena

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