martes, 25 de marzo de 2014

SUÁREZ, SIMPLEMENTE EXCEPCIONAL

                        Sería ocioso y pretencioso por mi parte sumarme al elenco de quienes, con mucha más autoridad que yo por su mayor proximidad al personaje, desvelan o intentan desvelar datos novedosos, si es que los hay, sobre la figura irrepetible de Adolfo Suárez, en estos días de luto y consternación por su fallecimiento, mientras que, de cuerpo presente, toda España, todas sus autoridades, empezando por el Rey, y, lo más importante, todo el pueblo de forma multitudinaria, le rinde el merecido homenaje que, ante todos, se tiene más que ganado a pulso por su acertado trabajo en la llamada Transición Española a la Democracia. Nada que añadir, por tanto, al papel protagonista indiscutible de Adolfo Suárez en la transformación de aquella España en blanco y negro en esta España en colores, libre y democrática, en que hoy vivimos, aunque, a veces, nos empeñemos en estropearlo.
            Nada que añadir pues a su impecable liderazgo, junto al Rey, de un difícil, casi imposible, trabajo, consistente en un proceso, inédito en la Historia, de transformar desde la paz y sin violencia un régimen dictatorial en un régimen democrático, homologable con los regímenes del entorno europeo, al que pertenece España y del cual llevaba excluida nada menos que casi cuarenta años. Por tanto, poco queda por añadir sobre la Transición (de la que en otros momentos ya me he expresado), paradigma histórico nacional e internacional de cómo se pueden hacer las cosas en momentos tan difíciles como los que vivía España a la muerte de Franco. La Reforma Política, la legalización del PCE, la amnistía, los Pactos de la Moncloa…. son hitos irrepetibles a lo largo de un camino que conducía a la reconciliación entre todos los españoles, a la libertad y la democracia, desde el infierno de la dictadura, y, en definitiva, a la devolución al pueblo de la soberanía que violentamente le habían arrebatado por la fuerza cuatro décadas antes. Por tanto, ni siquiera voy a aludir a los momentos de gloria de Suárez, sobradamente conocidos por todo el mundo. Simplemente, a modo de homenaje personal, me quedo con mi experiencia personal y la impresión que me causó cuando coincidimos, como diputados, en el Congreso, tras el triunfo del PSOE, mi partido, en 1982, y la debacle inesperada del suyo, el CDS, recién nacido.
            Dos circunstancias propiciaron que, tras conocer personalmente a Suárez en el Congreso de los Diputados, mi relación con él no se limitase al saludo habitual entre quienes comparten el mismo lugar de trabajo. Es decir, al hola y adiós. La primera, una vecindad de los escaños en el “tendido del ocho”, el más alejado de la bancada del gobierno, en que nos situaron a los parlamentarios del País Valenciano (motivos alfabéticos) así como a los grupos políticos con menor representatividad; el CDS sólo tenía dos escaños, el de Suárez y el de Rodríguez Sahagún. La segunda, un incidente en Santander, donde coincidimos por razones de trabajo, él para dar una conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo, yo para celebrar unas jornadas culturales con políticos sudamericanos y, tomando café con ellos en una terraza del Sardinero durante uno de los recesos, nos sorprendió que dos individuos cantasen, brazo en alto, el Cara al Sol dirigiéndose a otra mesa relativamente cercana, ocupada por Adolfo Suárez y un periodista que, si mal no recuerdo, era Miguel Ángel Aguilar. Al percatarme del asunto me dirigí a la mesa para saludarle y presentarle a mis colegas que deseaban conocer al ya ex presidente del Gobierno. Ya en el Congreso le comento que menudos energúmenos los del incidente de Santander y él, con su habitual sonrisa, me responde que ya estaba acostumbrado. Desde ese día percibí en su actitud hacia mí como una especie de agradecimiento por aquel gesto y, desde luego, de mí hacia él un mayor grado de admiración sin lugar a dudas.
            Sorprendido por su entrega ilusionada a su nuevo proyecto político del CDS (siempre lo veía muy feliz cuando venía de inaugurar nuevas agrupaciones locales), un día le comento en la cafetería ubicada detrás del hemiciclo que no acababa de entender todo su entusiasmo, que me recordaba al nuestro pocos años antes cuando inaugurábamos una nueva casa del pueblo, y que lo entendía menos cuando él ya lo había sido todo en política, absolutamente todo; más o menos me comentó que era la primera vez en su vida que hacía política de abajo a arriba y que ello era ilusionante. Si me quedaba algún resquicio de duda sobre sus íntimas convicciones democráticas, que tanto habíamos utilizado contra él en las precedentes campañas electorales, quedó disipado desde aquella tarde. Por eso, para nada me sorprendió cuando, desde la puerta de la citada cafetería, fumándonos un cigarrillo (él fumaba mucho más que yo, que ya es decir), tras uno de los entusiastas debates (no recuerdo exactamente cuál), brillantemente ganado por Felipe, como era habitual, y con toda la bancada socialista en pie (nada menos que con 202 diputados) aplaudiéndole enfervorizada (eran otros tiempos) me comentó con añoranza: “Ya me hubiera gustado tener un partido como el vuestro”.
            Que estos pequeños recuerdos, sirvan como mi humilde homenaje personal a Adolfo Suárez, un hombre, simplemente, excepcional, tanto cuando estaba en la cumbre como cuando yo lo conocí y así me lo pareció. Descanse en paz.

                                               Fdo. Jorge Cremades Sena

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