jueves, 22 de enero de 2015

TOMADURAS DE PELO, NO

                        En democracia cabe cualquier iniciativa política por pintoresca, utópica o absurda que sea o parezca. De hecho, si analizamos una por una todas las opciones que se ofertan o se han ofertado a los ciudadanos en las distintas campañas electorales, no sólo en España sino en el resto de países democráticos, observaremos que las hay para todos los gustos. Valga de ejemplo que partidos como, entre otros muchos por el estilo, “El Partido Pirata”, “La Sandía con tres Avances” o “Ciudadanos Agobiados y Cabreados” están inscritos en el registro y han concurrido a elecciones con mayor o menor éxito e interés mediático. Asimismo determinados líderes políticos, más o menos fugaces, han sorprendido con pintorescas trayectorias políticas como, por ejemplo, la Cicciolina, Ruiz Mateos o Beppe Grillo, quienes, entre otros muchos, simplemente aprovecharon el tirón mediático por razones personales, profesionales o coyunturales para dar el salto a la política. Por tanto, nada que objetar al respecto. Al fin y al cabo son los ciudadanos quienes eligen, como debe ser, y cada uno tendrá sus propias razones a la hora de emitir su voto, al margen de si la opción elegida es creíble y viable o si es un proyecto serio de gobierno o una determinada ocurrencia o reivindicación sensata. En definitiva, por absurdas que sean las ofertas o estrafalarios sus mentores, unas y otros caben dentro del juego político democrático. Durante la correspondiente campaña electoral hay tiempo para desenmascarar la conveniencia o no de las distintas opciones, con el fin de que los electores voten con conocimiento de causa. Y, tras ello, a acatar los resultados. Cualquier propuesta, por disparatada que sea, es digna de tomarse en serio y merecedora de la pertinente crítica. Lo indigno y rechazable son las tomaduras de pelo a los ciudadanos como si fuéramos imbéciles. Y para tomaduras de pelo, las que pretenden algunos líderes de Podemos.
            Es innegable que Podemos desde su aparición en la escena política, enarbolando la bandera de la decencia más absoluta y arremetiendo contra el universo político establecido, no ha dejado indiferente a nadie. Sus líderes, baqueteados en la militancia de partidos de izquierdas, especialmente de IU y PSOE, antes de ser abducidos por el populismo de algunos regímenes latinoamericanos, reaparecen en la escena política española como por arte de magia, sin pasado alguno, sin la más mínima mácula que pudiera delatarlos como humanos. Arremeten contra todo lo establecido y como ángeles exterminadores anuncian finiquitar el sistema político, al que llaman “régimen del 78”, acabar con sus protagonistas, a los que llaman “casta”, y “barrer” toda la basura que sus perversos e indecentes comportamientos han ido dejando en esta España azotada por la crisis. Como adalides de la pureza defienden todas las causas, las unas y sus contrarias, y, para no espantar a nadie, declaran no ser ni de izquierdas ni de derechas, descolocando a sus antiguos camaradas, especialmente a los de IU, que en principio les suponían como el soplo de aire fresco necesario para una ansiada remontada tras décadas de frustración y no como el huracán definitivo que acabaría con ellos. Y, como profetas del paraíso, anuncian la buena nueva de no pagar la deuda pública, de jornadas de trabajo de 35 horas semanales, jubilación a los 60 años, prohibición de despidos a empresas con beneficios, paga universal por el mero hecho de ser ciudadano español… y, si me apuran un poco, hasta incrementar sustancialmente la esperanza de vida de los españoles. Nada que objetar, aunque sólo sea por respeto a quienes de buena fe creen que existen los gnomos; quienes no creemos intentaremos demostrárselo.
            Sin embargo, incluso antes de tocar poder y presupuesto, determinados comportamientos de algunos de ellos evidencian que, como si fuéramos imbéciles, nos están tomando el pelo y no precisamente por sus propuestas. Y una cosa es ser crédulos, y otra ser tontos. Ahora resulta que preguntarles por determinadas conductas poco decorosas, pasadas o presentes, de los líderes de Podemos (Errejón, Iglesias, Monedero…) es una campaña de desprestigio contra ellos, pero si es sobre los demás es el derecho ciudadano a conocer la trasparencia de sus representantes. Olvidan que para ello tanto importan los manejos de Bárcenas, la procedencia de su dinero, el pago de sus impuestos y cualquier otra conducta irregular, como los de Monedero, Iglesias o Tania Sánchez, por ejemplo. Es indecente que Carolina Bescansa diga que se les pregunta “por Tania Sánchez porque todo vale para atacar a Podemos” o que, como el propio Iglesias, responda que confía “personalmente en su honorabilidad y honestidad”. A nadie le importa lo que personalmente crea Iglesias o Bescansa sobre Tania, como lo que crea Rajoy sobre Rato. Lo que se exige es una valoración política sobre unos hechos supuestamente delictivos o, en todo, no ajustados al patrón ético exigible en un político transparente. Si Iglesias no tiene “ninguna duda sobre la honorabilidad de Tania” es su problema, como el de Alegre, su subalterno en Madrid, si piensa que “el PP y la casta de IU” se han unido contra ella para desprestigiarla. El problema es saber si Podemos avala o no las conductas irregulares de los políticos según el arbitrario criterio de quiénes las protagonicen y no según los hechos. Tengo la certeza de que de no tratarse de Tania, pareja de Iglesias, o de cualquiera de sus compañeros de Podemos, sino de alguien del PP o del PSOE, por ejemplo, las respuestas serían diametralmente opuestas. ¿No les parece a ustedes? Y, por tanto, tomaduras de pelo, no. O, al menos, las mínimas.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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