miércoles, 7 de agosto de 2013

CUESTIÓN DE CREDIBILIDAD

                        En sintonía con todas las encuestas sobre intención de voto, valoración de líderes políticos, gestión política, abstencionismo… y otras tantas variables de clara raigambre política, la comparecencia en el Parlamento de Mariano Rajoy sobre el caso Bárcenas  ha ratificado que el gran problema de España es la generalizada falta de credibilidad ciudadana en los partidos políticos, sus líderes y sus comportamientos. Lo grave es que se lo tienen sobradamente merecido. No es casualidad que esta falta de credibilidad y consecuente merma de confianza en los partidos, sea directamente proporcional a la experiencia de gobierno de cada uno de ellos, como si gobernar, noble objetivo prioritario de cualquier partido político, fuera un estigma de descrédito, cuando debiera ser todo lo contrario. Sus incoherencias, mentiras, medias verdades y estrategias acomodaticias, exhibidas con indecente descaro para defender o atacar cualquier asunto o principio y el contrario, según estén gobernando o en la oposición, avalan sobradamente este descrédito que se han ido ganando a pulso.
            No extraña pues que el presidente Rajoy citara literalmente a Rubalcaba y Felipe González para, con sus propios argumentos cuando gobernaban, desacreditar la estrategia de ataque que ahora le hace Rubalcaba y el PSOE, desactivando los argumentos opuestos que ahora, desde la oposición, utiliza. Una aparente habilidad de Rajoy, pues basta consultar las hemerotecas o las actas del Congreso para comprobar la responsable solidez argumental utilizada cuando gobernaban, como corresponde a auténticos hombres de Estado, y contrastarla con la irresponsable endeblez argumental que utiliza ahora en la oposición, propia de un demagogo indocumentado. Pero esta aparente habilidad de Rajoy, en realidad se torna en torpeza ya que tan responsables argumentos de González y Rubalcaba respondían al acoso irresponsable que desde la oposición les hacía entonces Aznar y el propio Rajoy desde el PP. Por tanto, puestos a contrastar, simplemente cambiaron las tornas y tamañas incoherencias suponen un descrédito, tanto para el PP como para el PSOE y sus respectivos dirigentes, incapaces de mostrar a la ciudadanía sólidas convicciones de que, desde el gobierno o la oposición, siempre están dispuestos a poner los intereses generales por encima de los particulares. Por ello, al margen de los diversos sondeos sobre quién ganó el debate (las hay para todos los gustos y cada tertuliano o vocero saca el que le conviene), que es lo menos importante, basta preguntar en nuestro entorno para concluir que, en todo caso, no estará muy equivocada la encuesta de El País u otras similares, sobre la gestión de cada uno de ellos, que no sobre el debate, en las que un 77% desaprueba la de Rajoy como presidente de Gobierno y un 87% la de Rubalcaba como jefe de la oposición. La última encuesta del CIS revela que siguen cayendo los apoyos a PP y PSOE, que tienen más bagaje de gobierno, y suben IU y UPyD, cuya experiencia de gobierno es mínima o nula, al extremo de que, si hubiese comicios en estos momentos, que seguiría ganando el PP por mayoría simple muy exigua, conformaría un escenario político prácticamente ingobernable, necesitando el concurso de tres partidos políticos para hacerlo medianamente viable. ¡Socorro! Un tripartito con la que está cayendo y con el alto sentido de la responsabilidad que vienen demostrando los líderes políticos.
            Pero, dicho lo anterior, no debiéramos cargar todas las tintas en culpabilizar de este descomunal descrédito político a los dirigentes partidarios. Si siguen actuando de forma tan irresponsable es porque, comenzando por los militantes y simpatizantes, siguiendo por la estimable colaboración de diversos medios de comunicación y finalizando por gran parte del resto de ciudadanos (aunque cada vez menos), todos colaboramos en la estrategia maniquea de las cúpulas partidarias, que sólo satisface sus meros intereses a corto plazo. Considerar el bien y el mal como dos principios que cada uno instala dogmáticamente en uno u otro partido, es la peor estrategia para regenerar el deterioro político que, justamente, a causa de este maniqueo sigue “in crescendo” de forma alarmante. Si los militantes y cuadros medios de los partidos políticos hacen del maniqueísmo dogma de fe, si los medios de comunicación se erigen en portavoces del mismo como auténticas plataformas proselitistas y si, finalmente, los ciudadanos, por mera resignación, apoyamos a dichas formaciones en las urnas como mal menor, será imposible recuperar la credibilidad, no sólo en este o aquel partido, sino también en la propia actividad política y, por ende, en nuestra democracia.
            Si realmente somos sinceros el debate arrojó el resultado esperado. Sabíamos que, con más o menos habilidad, Rajoy diría más o menos lo que dijo, comprometiendo, eso sí, en sede parlamentaria su futuro si es que mintió y se demuestra su mentira. Pero también sabíamos que la oposición, como muchos ciudadanos, que no creen en ninguno, no le iba a creer dijera lo que dijera, salvo que se auto-inmolara, y que tampoco iba a demostrar su culpabilidad, entre otras cosas, porque no era el lugar adecuado. También, que el objetivo, por parte de todos, no era acabar con la corrupción política, que se hace de otra forma, ni siquiera la de este o aquel partido, pues casi todos tendrían que tirar demasiado lastre… ¿Saben cuál era el objetivo? Seguro que sí. Y seguro que coincide con el que yo me sé.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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