jueves, 20 de febrero de 2014

INMIGRACIÓN, SOS

                        A día de hoy, nadie, en su sano juicio, puede negar que las migraciones han dejado de ser un  elemento dinamizador del desarrollo social para convertirse en un grave problema de difícil solución. Ni se trata de un fenómeno novedoso, es casi tan antiguo como el hombre, ni, en términos generales, obedece a causas nuevas. Como siempre las migraciones o son de carácter voluntario (afán de aventuras, conocer nuevas tierras y gentes…), que no generan problema alguno, o de carácter forzoso, bien por causas naturales (catástrofes, sequías, hambrunas…), bien por causas sociales (persecuciones, guerras, discriminaciones, pobreza…), que, en los últimos tiempos, especialmente estas últimas, han eclipsado todas las previsiones con un constante flujo humano mastodóntico desde un subdesarrollado sur, que les mata de hambre y miseria, hacia un desarrollado norte, que les acoge para explotarlos en tiempos de bonanza y les rechaza en tiempos de penuria, condenándolos, en el mejor de los casos, a engrosar las cada vez mayores bolsas de pobreza coexistentes con el desarrollo, convertidas en miserables paraísos para quienes proceden del maldito infierno de la inhumanidad extrema del sur.
            Esta avalancha sin precedentes y en un mundo económicamente globalizado se convierte en un gigantesco problema global que no se puede resolver sólo con las viejas recetas en el lugar de destino como es el cierre de fronteras para impedir la avalancha que, en definitiva y en el mejor de los casos, sólo consigue alejar el problema pero no erradicarlo. Por tanto, se requiere también actuar en los lugares de origen para erradicar o al menos suavizar las causas que provocan éxodos masivos de sus respectivas poblaciones. Sólo así la migración, temporal o definitiva, recupera su sentido dinamizador de desarrollo humano recíproco, tanto para el territorio emigrante, que se beneficia de los recursos de su población emigrada, como del territorio inmigrante, que se beneficia del potencial humano necesario de la población inmigrada para explotar eficazmente sus recursos. Sólo así la migración deja de ser un trauma generador de desequilibrios económicos, conflictos raciales, ghetos y totalitarismos políticos. Un problema de todos, que, entre todos, tenemos que resolver. Por ello es deplorable la estrechez de miras con que se afronta cada episodio conflictivo, concreto y puntual, como está sucediendo con los incidentes de Ceuta en los que, desgraciadamente, murieron ahogados quince de los inmigrantes que pretendían alcanzar la costa española con la intención de quedarse en Europa.
            Que unos 20.000 inmigrantes hayan fallecido en los últimos quince años intentando cruzar de África a Europa a través del Mediterráneo, que hace menos de seis meses 400 inmigrantes perecieran en Lampedusa, que hace unos días murieran en la frontera de Ceuta los antes citados, que días después más de un centenar consiguieran entrar en Melilla o que unos 40.000 estén esperando desde Marruecos el momento oportuno para dar el salto definitivo a Europa a través de la única frontera terrestre que la separa de África, debiera hacernos reflexionar sobre las dimensiones y gravedad del asunto que estamos tratando. Un problema social, económico, ético y humano que trasciende las recetas teóricas de tipo ideológico o religioso y requiere con toda crudeza soluciones prácticas, medidas claras, precisas y objetivas que, despojadas de demagogia, sean capaces de dar respuesta equilibrada a una cuestión indiscutible: ni Europa, en este caso, puede abrir las puertas a una inmigración infinita, ni, para impedirlo, puede utilizar métodos tan inhumanos como los que han sometido a millones de personas a la más abominable e hipócrita de las condenas como es dejarlos morir de hambre.
            Por todo ello, convertir el trágico episodio de Ceuta, como cualquier otro por el estilo, y al margen de una necesaria investigación serena y eficaz para depurar supuestas responsabilidades si fuesen procedentes, en un irresponsable e hipócrita debate público entre gobierno y oposición con claro objetivo electoral, merece el rechazo más contundente por parte de cualquier persona mínimamente interesada en que se coja de una vez por todas el toro por los cuernos y se discuta sobre la problemática global de la inmigración, sus verdaderas causas y las medidas concretas a tomar para reducir al menos sus efectos nocivos. Eclipsar el verdadero debate, el que interesa de cara a zanjar el problema, con debates parciales sobre supuestas actuaciones improcedentes por parte de la policía o guardia civil, que pueden y deben aflorarse simplemente con una exhaustiva investigación, supone pasar de forma descarada de una de las mayores tragedias que padece hoy la Humanidad.
Una tragedia, dura y cruel, que requiere de un consenso amplio entre gobierno y oposición a la hora de aportar medidas eficaces y a la de exigir las responsabilidades  pertinentes a todos los afectados, aunque sólo sea para optimizar los mecanismos más sencillos, los que sólo pretenden alejar el problema en vez de intentar solucionarlo, que como mínimo requiere, como decía Rajoy hace unos meses, que “el control de fronteras exteriores de la UE es un esfuerzo que debe ser compartido por el conjunto de la Unión, Estados miembros, instituciones y agencias” y, por tanto, “la Unión debe facilitar apoyo político, operativo, financiero a aquellos países que constituimos su frontera exterior, y que más presiones y responsabilidades asumimos en beneficio del interés común”. Lamentablemente en España no estamos por la labor, ni siquiera la de ponernos de acuerdo en cómo han de controlarse las fronteras, aunque, en cada momento, cada gobierno, al margen de su ideología, la controle de idéntica forma y, recíprocamente, cada oposición la critique con idénticos argumentos y descalificaciones. En tales condiciones el grave problema migratorio va para largo, por lo visto, importa bien poco solucionarlo. 


                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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