domingo, 14 de septiembre de 2014

CINISMO IMPRESENTABLE DE JUNQUERAS

                        Si, como dice el diccionario, el cinismo es la “desvergüenza o descaro en el mentir o en la defensa y práctica de actitudes reprochables” Oriol Junqueras, líder de ERC, es maestro de maestros, tal como demuestra en una reciente entrevista que no tiene desperdicio. En su visionaria e insólita concepción de la democracia, en la que la única regla de juego válida es votar cómo sea, dónde sea y sobre lo que sea,  afirma rotundo que España nada puede ofrecerle para que renuncie a la consulta ya que “no hay nada que nadie pueda ofrecer a cambio del derecho fundamental de los ciudadanos de poder votar para decidir su futuro político”, ocultando cínicamente que tal derecho a votar ya existe en el Estado de Derecho español, sujeto, obviamente, como en cualquier otro Estado democrático, a unas reglas, previamente establecidas mediante el voto, que regulan el objeto de las mismas (hay algunos que no pueden votarse, como, por ejemplo, ejecutar a alguien en la plaza pública), su ámbito de aplicación sobre el que aplicar el resultado (no exportable por ejemplo la decisión de una comunidad a otra y menos al conjunto del Estado) y hasta quienes tienen la competencia democrática de convocarlas, aunque exclusivamente para aquellos asuntos que le son de su competencia. Es la única forma democrática de evitar la ley de la selva que Junqueras pretende imponer con su sacralizado concepto del voto que, tal como lo concibe, es la antítesis de la democracia, al extremo de no tener reparo alguno en afirmar que “ha llegado la hora de saltarse las leyes españolas… de prescindir de la legitimidad española para crear la nuestra propia… de saltarse el marco legal anterior para crear el siguiente, como sucede siempre en caso de independencia”. Oculta, cínicamente, que en tiempos presentes y en situaciones de libertad y democracia, como es el caso, ese no puede ser el proceso, salvo que se trate de un golpe de Estado totalitario, cruento o incruento.
            En su cinismo patológico, defiende que “votar es un derecho fundamental e inalienable que prevalece por encima de cualquier ley, como el derecho a la vida, a la libertad y a buscar la propia felicidad (vamos, que si la felicidad de una comunidad de vecinos es apalear al vecino molesto, se vota y, si se gana, a machacarlo), aunque, menos mal, acepta que, si en su consulta ilegal y antidemocrática, “no hay una mayoría independiente aceptaremos el resultado, pero para saberlo es necesario votar” (hay que reconocer que a algunos golpistas esta pequeñez ni les importa). Y sobre la posibilidad de que, como en cualquier otro Estado democrático, Artur Mas pudiera ser condenado, si convoca y pone los medios para celebrar un referéndum sobre el que no tiene competencias, usurpando la soberanía del pueblo español, tiene la cínica desfachatez de afirmar que “estamos convencidos de que nadie en España irá a la cárcel por votar” (en efecto, no iría por votar, sino por incumplir la ley como cualquier hijo de vecino) y de amenazar con que “serían mucho peores para España las consecuencias de encarcelar al presidente Mas que las de permitir la consulta” (me recuerda la típica amenaza del matón cuando te niegas a someterte a sus caprichosos designios). Ni siquiera acepta unas elecciones anticipadas, que obviamente serían legales, ya que “el sistema proporcional” las desvirtuaría “como referéndum”.
            Y ante este elenco de cínicos despropósitos, entre otros por el estilo, cuando se le pregunta por la corrupción de Convergencia, tan sustanciosa para algunos nacionalistas transformados al independentismo, elude la respuesta concreta manifestando sobre la corrupción en general que le “asquea en cualquier circunstancia y casos como Gürtel o Bárcenas demuestra que los que están implicados en ella no luchan por erradicarla; el PP es la prueba más evidente” (sobre el de los Pujol y compañía, al tener el marchamo independentista, mutis por el foro).  
            Pero, por si todo el derroche de cinismo y de planteamientos totalitarios anteriores no fuera suficiente, remata la faena diciendo que “el nuevo Estado catalán querrá tener las mejores relaciones con España; las mismas y excelentes relaciones que España tiene con Chile o con Holanda, que se independizaron hace muchos años”. Obviamente no menciona cínicamente que aquellos tiempos, tanto los de la independencia de Chile como los de Holanda, nada tienen que ver con hoy (y ni siquiera uno con el otro ni en el tiempo ni en el proceso), que, no obstante, fueron ambos procesos violentos, que las circunstancias internacionales eran distintas y que, en todo caso, cuando acaecieron dichos procesos independentistas de territorios lejanos ocupados por España, Cataluña ya formaba parte de la misma desde mucho antes, sin haber sido jamás ocupada ni sometida.
            Juzguen ustedes si, con semejantes planteamientos visionarios, totalitarios, sin respeto alguno por la legalidad vigente, que conforman un proyecto basado en la mentira y en el cinismo más impresentable, alguien puede confiar en semejante personaje. ¿Se lo imaginan como Presidente de esa supuesta República Catalana, al margen del euro, aislada y no reconocida por buena parte de la comunidad internacional como sucedía a aquella España de buena parte de la etapa franquista? Yo prefiero ni imaginarlo. Me causa pavor y una infinita tristeza.

                                    Fdo. Jorge Cremades Sena 

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