miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

                        Que la libertad tiene un precio, es indiscutible, tanto para mantenerla, cuando se tiene, como para conseguirla, cuando te la han arrebatado. Bastaría echar un vistazo a la Historia para constatar el alto precio, que incluye incluso la sangre, el esfuerzo, el sudor y las lágrimas, que los hombres han tenido que derramar para mantenerse libres o para liberarse de quienes por la fuerza les esclavizan o pretenden hacerlo. Simplemente el pasado siglo XX es ilustrativo para corroborarlo a nivel nacional e internacional. Por tanto, recordar que la libertad tiene un precio, que vale la pena pagar, honra a quien lo proclama pues es, sin duda, un acicate para que los hombres y los pueblos oprimidos luchen por ella y para que los hombres y los pueblos libres no bajen la guardia ante quienes, interna o externamente, pretenden arrebatársela. Pero, dicho lo anterior, hay que tener presente que la libertad es muy frágil y no es infinita, ni está exenta de riesgos, y, por ello, tanto a nivel individual como colectivo, ha de estar sujeta a determinadas limitaciones; en definitiva, a unas reglas de juego que garanticen la convivencia entre los individuos y entre los pueblos y sirvan de amparo frente a liberticidas individuales o colectivos que, al margen de las mismas, buscan imponer su santa voluntad. Dichas reglas de juego, legítimamente establecidas por todos, conforman los Estados de Derecho, libres y democráticos, que garantizan la libertad de todos sus individuos, convertidos en ciudadanos, y ponen freno a quienes por cualquier medio pretenden imponer su santa voluntad, atropellando los derechos de los demás al margen de las mismas sin respeto alguno al imperio de la ley democrática establecido.
            Así pues, afirmar en y desde la libertad que “los que quieren la libertad saben que la libertad tiene un precio” instando a que los ciudadanos luchen, no para mantenerla, sino para conseguirla, cuando ya la tienen, y a que estén dispuestos a pagar dicho precio, porque el precio de no hacerlo “es quizá más alto”, tal como ha hecho Artur Mas con un grupo de empresarios en referencia a su quimera independentista, es una absurda e infame majadería. Es una infamia decirles la obviedad de que “siempre existe un componente de riesgo” cuando una parte de un Estado intenta independizarse, añadiendo que “lo hay en Escocia, y lo tienen todo acordado”, pero sin aclararles que la gran diferencia es que el proceso escocés, a diferencia del catalán, respeta estrictamente la legalidad de su Estado de Derecho, y, por tanto, no pone en riesgo ni la libertad ni la democracia de sus ciudadanos, mientras aquí lo que se pretende es finiquitar la libertad y la democracia de todos los españoles, incluidos los catalanes. Nada comparable el riesgo lógico de los escoceses de tipo económico, de encaje internacional, de incertidumbre social y económica, etc, tanto para escoceses como británicos que supone la decisión legal de escindirse,  con el riesgo de los catalanes que, a todo lo anterior, tendrían que añadir el merecido repudio democrático nacional e internacional a su proceso ilegal y, por tanto, de carácter totalitario y antidemocrático.
            Nada bueno se puede esperar, salvo el pago de un desorbitado precio, de quien, como Oriol Junqueras, socio de Mas en el ilegal proceso independentista, en y desde la libertad democrática, anima a los catalanes a la “desobediencia civil” en caso de que el Tribunal Constitucional avale que su proceso independentista no se ajusta a las reglas de juego establecidas, es decir, al Estado de Derecho. Supondría un claro golpe de Estado, intolerable, no sólo para el Estado de Derecho del que forma parte Cataluña, es decir, España, sino para el resto de Estados de Derecho del mundo, es decir, para todos los ciudadanos libres. El insólito caso de que en el mundo libre un líder político libre, en este caso el de ERC, incite al pueblo a la insumisión, la rebelión y la desobediencia civil frente a la legalidad democrática, sólo puede enmarcarse en el ámbito de conductas totalitarias dictatoriales. Que el coordinador de CDC, Josep Rull, el partido de Artur Mas, que democráticamente gobierna Cataluña, remate diciendo que no descarta “una declaración unilateral de independencia”, obviamente ilegal, mientras el President de la Generalitat, no sólo no tome medidas contra tan intolerables manifestaciones, desautorizando al instante tanto a Junqueras, su socio, como a Rull o presentando su dimisión “ipso facto”, sino que con la citada infame majadería, entre otras por el estilo, aliente semejantes aberraciones democráticas, engañando adrede a los ciudadanos, sólo se puede enmarcar entre quienes no están dispuestos a pagar el precio de la libertad, en este caso para mantenerla, sino precisamente, entre quienes pretenden, desde la libertad, acabar con ella y arrebatársela a sus depositarios.
Lleva razón Mas afirmando que “pensar que un proceso así se hace de rositas no es posible”, aunque lo enmascara de forma torticera desde el punto de partida, que es la libertad, para camuflar su aberración de que el precio de mantenerla “es quizá más alto” que el de alzarse contra ella y no acatarla, prostituyendo así el Estado de Derecho. A Mas le traiciona su subconsciente seguramente, pues no hay precio más caro para los ciudadanos libres que perder su libertad o ponerla en riesgo como él pretende. Le bastaría repasar la Historia de Cataluña y comprobar que jamás fue tan libre como ahora, gracias a la consolidación de nuestro Estado de Derecho, para regresar a la consciencia y pedir perdón a los catalanes en primer lugar y, en segundo lugar, a los demás españoles.

                                   Fdo. Jorge Cremades Sena

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